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Cuando el silencio me ahoga, enciendo la radio y me llegan de un planeta lejano voces que apenas comprendo: ese mundo tiene su tiempo, sus horas, sus leyes, su lenguaje, preocupaciones, diversiones que me son radicalmente extraños.
Simone de Beauvoir.







Me pregunto

Me pregunto si estaré aquí para verlo, el raíl desconocido,

un metro en la pupila, vagones llenos de gente, ya no te

echo de menos pero a veces cierro el círculo con débiles

pegamentos, subo la escalera haciendo más extrema la

genuflexión, me regodeo con el santo de la puerta, me

pregunto si

estaré

aquí para verlo,



la calle estrechándose como un culo ciego

las caídas con poca suerte de los hijos pendulantes,

la perra que no me reconoce, y que no tiene orejas,

la cabeza pequeña y el cuerpo

enorme y mórbido,

galopando en Los Viveros.



Hay cosas que no pueden olvidarse,

la sangre caliente

es una

de ellas,

cuando la has tocado en una bolsa interna,

cuando se queda dentro del cuerpo en un bulto blando y que

te vuelve prensil, y la gente
- pobre gente-
va muriendo- sacos de arena reventando en chispazos de puntos-

... (puntos)



Me pregunto si estaré aquí para verlo, tus cincuenta años

los míos, la casa en las afueras (yo de invitada) de los

mejores amigos - las moléculas

reptando hacia nosotros con sus fusiones y sus cabecitas-



Pensar en lo que

escribo

- cada vez más molesto-

hacia dentro tengo unos pies enormes que bordean

la playa y que saltan tontamente torpemente, sobre

las

olas

crispadas -su carne-
pequeños

michelines rebozados en arenilla, las disculpas

por la casi muerte

el aire paralelo que

me juntó para luego esparcirme.



Me pregunto si estaré aquí para verlo, los trocitos de los picos de los

pájaros que no emigran, la calavera de un familiar, la guerra,

la prisión, el exilio, la opulencia, la mediocridad, el oscar, la alfombra

roja, el auxilio.

Poema de cuna.

Esta pequeña muerte de ojos y guantes, necesitaba guantes para sobrevivir en Delhi, y una mascarilla
y recuerdos del hogar y de las lamparas encendidas, de nuestras cajitas y libros.

De las perchas.

Por los huecos de mis manos de líneas planas - un futuro aterrador- se escapan las cosas importantes:
la trascendencia del cabello,
Arturo convertido en aire, por mi boca hacia afuera- debió escaparse hace tanto- dicen los familiares.

Soy maldad y humo, soy iglesias y terrazas y

voy por ahí con símbolos y estatuillas falsas,
me acomodo en los bancos de madera, el cine de un funeral, voy por ahí con
kilos
y kilómetros de tiza.

Mientras creo que es primavera, voy hasta el fondo -pobre materia gris-
allí está Jose Vicente muerto de asco, y Joan ya no está - nunca estuvo, algo que comprendí
en Oriente -
Es como si hubieran estirado de mi pelo hasta hartarse
los muertos y los pequeños hijos que nunca he tenido.

El verano pasó y el otoño se ajustó, parece mentira que no esté
otra vez
sola.
Como me corresponde.

+ este poema lo escribí el 12 de septiembre de 2009, lo he recuperado hoy con cambios y correcciones.

Un día así

Hay días así, días de pájaros locos, de incontinencia de brazos.
Un día así supe quién era Darth Vader,
se me corrigió la espuma.
Un día así se perfumaron
las incubadoras.
Hay quién sabe más allá de las ciudades,
conoce sus círculos y sus
cocinas,
hay quién conoce todas las cocinas,

las mandíbulas de los perros, el relleno misántropo
de los bares.

Hay días así, uno se da cuenta, de la precisión de la burla,
de los muertos circundantes, uno ve a

las mujeres que pasan (comiendo crudo),
por las habitaciones, y las ciudades en las que debió
vivir y presiente los vientos
tontos y afilados
que como mucho
le cortarán
el labio.

BBW (Segunda Parte)


Qué se lo digan a Edwin. Toda su vida con una gorda. Claro que cuando se casó con ella era sólo rellenita. Aún así le costaba excitarse. No sentía deseo hacia ella. La veía caminar arriba y abajo por la casa con unos calcetines morados por encima de la rodilla, las carnes apretaditas y las tetas que parecían crecerle un poco cada día, y no le decía nada. Pocas veces la miraba sin que ella se diera cuenta. Edwin sabía que los hombres en general, sus compañeros de trabajo por ejemplo, se pondrían realmente cachondos teniendo en cuenta que, por entonces, Aurora no era todavía una gorda por definición, pero él no sentía al mirarla que se la quería comer (esa era una expresión que utilizaba a menudo Brad para referirse a algunas de sus clientes) y nunca había querido penetrarla por el culo. Mientras tanto, ella, pobre, se exhibía como una gatita en celo por la casa, se masturbaba medio a escondidas, y su sexualidad iba estrellándose contra las puertas y las paredes. Todo eso y por extraño que pueda parecer, la amaba. Le gustaba dormir y pasear con ella, le gustaba ir al cine, charlar y ver programas de televisión absurdos. Fumaban y reían juntos, eran felices. Él la veía guapa, tal vez no lo suficiente, tal vez no de esa manera, y prefería ver porno en el canal de pago, pajearse con los cascos puestos mirando videos en internet. Y una cosa estaba clara, si Edwin se ponía, lo hacían algunas veces apasionadamente, pero para eso necesitaba empezar a practicar sexo, necesitaba el empujón, verse ya inmerso en fluidos y mamadas, cerrar los ojos y pensar en Rita Faltoyano o Carmen Luvana.


Aurora lo sabía y exigía su parte del pastel, pero estas cosas pasan. Uno exige y exige y al final se da cuenta de que no quiere exactamente lo que pide, quiere lo que no puede obtener, lo que de todas formas le será negado. Y pasaba muchas veces. Él se esforzaba en comenzar una relación sexual y ella se sentía colorada y mendiga, como si él le estuviera lanzando trozos de pan sin naturalidad, sin afán de alimentar, sólo sabiendo que hay que dar de comer de vez en cuando a los pájaros para que no se mueran. Ella ponía entonces la cabeza en otra parte, Edwin le abría las piernas y sumergía la lengua en el agujero, sus dedos le parecía torpes, poco cálidos. No lograba sentirse sexy, en absoluto deseada. Cuando Edwin la tocaba, y ponía, por ejemplo una mano en su muslo, era como si todos los complejos, los defectos grandes y pequeños que Aurora se atribuía, se hicieran más grandes, más palpables a las manos de él, fáciles de encontrar y reconocer. Ella se arrugaba. Llevaban una eternidad sin echar un polvo. Ella soñaba con penes gigantes de hombres negros, soñaba con frotarse en el portal con un desconocido, con acostarse con un hombre maduro que supiera apreciar su deseo por agradar y disfrutar al mismo tiempo. Había dejado de fantasear con Edwin.

Pero pasaron los años y nada de esto sucedió. Todo quedó igual, ella siguió creciendo, el deseo de él nunca apareció, tuvieron un par de hijos que se marcharon de casa, fueron felices, celebraron las navidades y los cumpleaños, salieron de vacaciones, Edwin ascendió en la empresa de suministros para el hogar, Aurora continuó de maestra en un colegio privado, se compraron un chalet en las afueras y un cortacésped, hasta que ella murió y entonces también hubo de comprar un nicho y en cierta manera todo se vino abajo.


Aurora sufrió un infarto. Algo inesperado, sólo 50 años. Mientras dormía y con un ronco adiós, dejó de existir. Él intentó reanimarla, llamó a los servicios de emergencia con gran celeridad, pero nada se podía hacer ya. Pensó algo así como de grandes cenas están las sepulturas llenas . Lloró y dio patadas, pensó en todo lo perdido, un futuro que ya no podría ser, lloró y pensó que nada le habría gustado más que envecejer junto a Aurora, seguir paseando con su mujer, seguir yendo de vacaciones los veranos, ir de visita a casa de sus hijos. Ahora todo había terminado.


El invierno dio paso a una primavera fría y hostil, y el verano cogió a Edwin desprevenido, sin mirar a las chicas de la urbanización que pasaban en bicicleta y llevaban pantalones cortos. concentrado de todas formas en el trabajo que era lo único que alejaba el recuerdo de Aurora. La semana anterior había empezado a masturbase pensando en ella, en los pezones naranjas, el cabello rizado y espeso, el coño grande y profundo, tan mojado algunas veces, pocas veces gracias a mí- se sintió triste y cansado, después de la paja se puso a llorar y a dormir, no supo cual de las dos cosas estuvo haciendo durante más tiempo. Penny Flame había dejado de gustarle, tampoco Carolina Parsons le volvía especialmente loco. Prefería cerrar los ojos y pensar en Aurora, sus ojos brillando en la oscuridad, sus mamadas magníficas, y su culo que ¡vaya culo! nunca lograba abarcar con las manos.

Continuará...

BBW (Primera parte)




Cerca ya de su casa Kimberly no pudo evitar sollozar. Dejó las bolsas de supermercado en el suelo, se puso las manos sobre la cara, varios objetos se movieron dentro de las bolsas, salió rodando un bote de tomate frito. Ella lo miró todo al escuchar el ruido del cristal girando sobre la acera, eso hizo que el sollozo se convirtiera en un llanto silencioso y lento, y con él como fuego en el rostro, como una careta debajo de la cual ya nada importa, se agachó con dificultad para recuperar el tarro, para poner en orden el interior de las bolsas. El reflejo en el cristal destinado a carteles publicitarios de la parada del autobús le devolvió una verdad tan densa como dolorosa. Sobre el vestido negro de una chica rubia y menuda, que entornaba los ojos perfectamente maquillados mirando hacia una puerta, se vio a si misma. La carne vieja pujando por salir, a la altura de las caderas por encima de la cinturilla del pantalón, el pelo como alambres finos y quebradizos escapándose de una coleta mal hecha, la sangre agolpándose alrededor de la nariz, pequeñas venitas explotando como fuegos de artificio, una fiesta para nadie. Se dio prisa, recogió torpemente las bolsas y se sintió ridícula, llorando y respirando con dificultad. Pasaron unas jóvenes en bicicleta, el aire se hizo más frío y veloz. Con paso inseguro, con el viento a la contra, logró llegar al portal del edificio.

Iba a dejar las bolsas de nuevo en el suelo para rebuscar en su bolso y sacar las llaves cuando la puerta se abrió desde dentro y ella recuperó la posición erguida. Una mujer salió de la oscuridad como una aparición mariana, retirándose luego unos pasos hacia adentro para sujetarle la puerta a Kimberly, que entró tan rápida, y dando las gracias. La mujer enarcó las cejas y sonrió. La puerta, pesada y negra, se cerró con un golpe metálico dejándola en el eco y la humedad del rellano.

En casa ordenó la compra en los estantes, sacó de la nevera los alimentos en mal estado, vació los bricks de sopa, abiertos desde hacía semanas, en el fregadero. Reprimió una arcada al ver el líquido cuarteado y percibir el olor que había liberado.

El lunes me pondré a régimen- pensaba mientras vertía generosamente varias cucharadas de manteca de cacao dentro de una baguette. Una forma de configurar la culpa antes de que pasara por su esófago hasta el estómago dado de si.

Se sentó frente al ordenador y buscó fotos de mujeres feas, de mujeres muy obesas y feas. Eso hacía que se sintiera un poco mejor. Ni tan gorda, ni tan fea, sólo un punto intermedio. Envidió, de todas formas a esas mujeres inmensas que posaban en ropa interior, que parecían haber aceptado cierto destino fatal. Esto no es sólo a base de donuts- pensó Kimberly. Leyó muchos mensajes que algunos hombres dejaban en los pie de foto. Le gustaba leerlos, recuperaba un poco la fe en si misma.

¿Donde la puedo localizar? esta wena para hacerlo esas gordas cojen bien rico ¿no hay un telefono?

Que delicia, se me hace agua la boca de tan solo verla e imaginarmela sin nada puesto, completamente desnuda. No necesitaria estar borracho para pensarlo, de hecho no lo pensaria, solo accederia de forma total e inmediata... ummmmm…..

Qué bonita está la gorda, me vuelvo loco con una mujer como esa, siempre prefiero una mujer con muchas libras...

las gordas son las mujeres mas sexy. en lo personal me exitan con solo verlas. que el todo poderoso las guarde.


Quién sabe si hoy- Kimberly fuma el cigarrillo de después, qué gran placer fumar después de comer- quién sabe si, mientras caminaba cargada y contra el viento, la ropa marcándose más por el efecto del aire, los ojos llorosos, algún hombre habrá pensado en deshacerse entre mis muslos o llorará esta noche sobre su almohada, castigándose por no haber sido valiente otra vez, por no haberse acercado a mí, por no haberme preguntado ¿qué te pasa? o ¿estás bien?. Mientras otro, otro hombre, daría un puñetazo a la pared, pensando en su estupidez, en su lentitud, porque, maldita sea, debería haber aprovechado que ella estaba llorando, hubiera bastado con un ¿puedo ayudarla? y recoger algunas de sus bolsas, acompañarla al portal, y ella le hubiera invitado a un café, esas cosas pasan, al tumbarse en el sofá sin jersey los pechos de ella se hubieran aplastado contra el torso, subiendo hacia el cuello corto y perfumado de sudor y...

La luz empieza a hacerse más tenue y suave en la calle. Kimberly apoya la frente el cristal de la ventana del salón. Recuerda que Dennis odiaba que ella hiciera eso, le repugnaban estas manías de su mujer, la grasilla que quedaba después impregnando el cristal, . Kimberly lo comprendía, limpiaba después con gran cuidado, pero de todas formas no quería evitar el placer del cristal frío sobre la piel, conseguía a través de este gesto una asepsia y aislamiento que recorrían su cuerpo como una caricia.

Ve a la mujer que se cruzó antes en el portal del edificio, la sigue con la mirada. La mujer mira hacia arriba, sus ojos se encuentran y Kimberly se despega del cristal muy rápido, es como si le quitaran un trozo de esparadrapo, se pone la mano en la frente, se echa hacia atrás. La mujer vuelve a sonreir, hace un gesto con la mano. Muy rápido se dirige a la cocina, saca del armario un producto de limpieza y un paño de fibra. Retira con delicadeza la mancha del vidrio, echa un vistazo disimulado a la calle, la mujer ya no está en su campo visual.

Al día siguiente decide utilizar la vieja cámara de fotos digital. Se enfrenta al espejo y ensaya diferentes poses en las que considera que está relativamente atractiva. Coloca después la cámara sobre un aparador, frente a la cama, estrena unas sábanas de colores vivos y dirige el enfoque. Se hace todas esas fotografías desnuda. Tumbada boca arriba, boca abajo, a cuatro patas y de perfil, dándole el culo a la cámara, abriendo las piernas todo lo que su antigua agilidad le permite, tocándose los enormes pechos, subiéndolos y sonriendo, sonriendo a la cámara, entornando los ojos con una mirada que quiere decir soy sexy, que lo suplica, que en realidad pide perdón, pide perdón por ser de esta manera, por no saber ser de otra, por no haber llegado a tiempo a salvarse.

Continuará...

Nada que escribir, ni la frustación ni la tristeza son suficientes, miles de

estrellas cantan su canción, hace frío y me envuelvo en esta bata extraña que me regaló

Gloria, mi abuela. No sé, he visto un reportaje de mujeres que nacen sin vagina,

me he lavado los dientes con precisión, he hojeado el periódico otra vez, la

programación televisiva, la crítica de cine de Boyero, esas cosas.

Me siento a escribir y nada, ni la frustración ni la tristeza sirven, ha de ser, digo yo porque

no es del todo tristeza, y la frustración escoge

también (algo inaudito)

la escritura (la carencia)

para manifestarse.

MONOMANÍA

... que dejen de una vez por todas de ser imaginarias para
convertirse en reales y ser, por tanto, susceptibles de ser diagnosticas y tratadas, para acabar de una vez por todas con ese infierno que es morirse poco a poco de nada, de consunción, de hiperestesia, de nervios como se decía antiguamente.
(Trapiello)



Que sí, que soy una loca de mierda. Hoy bajo el agua de la ducha sentí que me desvanecía, era como un jodido y único zapato bajo la lluvia, llegué como escalando hasta la bañera.

Muchas veces durante el día tengo pensamientos muy profundos y acertados. Me preparo para morir mientras froto mi cara con el jabón especial, mientras repaso mis cargas y tarareo una de Nick Drake.


Cuando algo falla en tu cuerpo, aunque sea un fallo tonto, y cuando te planteas la posibilidad de que
esa tara o dolor te acompañe toda la vida, te acompañe estúpidamente al tomar café, al cocinar,
después de follar y al ducharte, observas a los demás con una distancia sobria y negra, con cierta envidia sin poder si quiera concebir que sus vidas tengan partes escondidas que pueden doler y hacerse crónicas. Que uno muy guapo pueda tener la enfermedad de Crohn o una vaginitis psicológica almidone las sábanas de una chica con carrera universitaria hasta hacerlas inconfortables.
Tú eres el que ha perdido, y eso da muchas ganas de llorar.
Te preguntas ¿por qué yo? Y te contestas, como consuelo pero muy por encima, con una respuesta que no te acabas de creer: que en realidad no sabes absolutamente nada de los demás. Ni de lo que se están preguntando. Pero sólo es un consuelo que se agarra precariamente:
Son invencibles. Están bronceados. No les duele nada.


A veces tengo pensamientos que van más allá de mi misma y de las representaciones cotidianas, pensamientos que sobrevuelan los edificios antiguos y resbalan hacia el restaurante que hay en el piso de abajo, donde fríen un tubérculo popular en Latinoamérica, sube el perfume hasta aquí, hasta mi casa. Estos pensamientos me comprometen con cierta visión incómoda, todo acaba siendo visto desde arriba y de nada sirve que hojee los diarios o que me lamente ante la televisión, de nada sirven las teleseries adictivas a las que intento engancharme obsesivamente, o la música. Todo se desmembra en mi corazón, porque estoy muerta y todas ellas están vivas.
Las que se ríen en la terraza del bar de abajo, están vivas. Con sus vaqueros ajustados y toda esa bisutería a juego, que cambian cada día.
Mantengo la esperanza de la reencarnación o de la supresión total del yo.


Se me ocurren muchas cosas, como que nunca tendré hijos y que las palomas de la muerte sobrevuelan mi cabeza. Se me ocurre que lanzada al fondo, no podré sumergirme ni elevarme, que estaré triste tumbada para siempre, que no habrá niños ni suerte. Pienso que siempre hice las cosas mal, y por eso me duele y me pesa el cuerpo, pienso que lo estropeé, y que no tengo derechos, y sé que estas palabras son las de alguien muy deprimido, pero pese a saberlo no logro unir el concepto depresión a mi persona, es como
si esa fuera la única
enfermedad
que no me voy a permitir.

Recuerdo cuando se me despellejaban las manos, y cuando el bulto que tenía en el interior de la boca
comenzó a crecer - lo recuerdo mientras me sirvo agua filtrada y consumo un cigarrillo lento- y yo me sumergí en un posible cáncer y me convertí en especialista en el tema. Recuerdo lo liberada que me sentí al saber que era un torus mandibular - por dios, ¡¡qué nombre tan cómico y tan contundente!! - y que no iba a morir o a quedarme sin media cara,
eso no le gusta a los tíos, eso no le gusta a los tíos, eso no le gusta a los tíos, tampoco a mí.


Ahora es un poco lo mismo sólo que con la posibilidad de una enfermedad crónica. Menos grave. Tal vez esté recorriendo al revés el camino de la hipocondría. Vale, ya he dicho la palabra. Por supuesto nadie se cree que vaya a serlo, mis amigos no me escuchan ya, nada crónico, nada grave- me dicen. Sólo yo sé que sí, que esto es para siempre- Sólo yo parezco saberlo, maldita sea.

Después puede que saque fuerzas de flaqueza o que directamente decida dejar de vivir la vida tal y como la he vivido hasta ahora. Tal vez me vea arrastrada a ello. Puede que me convierta en una gorda con rojeces en la piel, que vuelva a vivir con mis padres y baje a la calle a comprar con zapatillas de ir por casa, seguro que lloraré con las viejas fotografías
que acabaré
rompiéndolas.

Mi padre a esto le llama No tener cojones. Y es cierto puede que no tenga cojones. Y es que soy una mujer pero en fin, dejando eso de lado, todos entendéis la frase ¿no?


Al rato pienso que tampoco es para tanto y seguramente pasará, me lo digo con una sonrisa moldeada en mi cara para la ocasión. Hay que mirar el lado bueno y es que no moriré,- lo que de entrada es el lado bueno- puedo probar distintos tratamientos que irán bien, peregrinar de médico en médico llamándolos por su nombre de pila- , en fin, esas cosas, pienso en todo eso- soy una enferma, es mi cabeza, lo sé- Otra mueca y seguramente esta vez estoy en lo cierto, es lo que se llama una burla del destino. Estaba esperándola.

Miro ahora una foto que hay en el baño - una foto de pareja feliz. el feng shui recomendaba colocar una debido a la terrible ubicación de nuestro cuarto de baño y su influencia en nuestra relación de pareja-
una de cuando estuvimos en Marruecos y pienso ¿pero yo estaba imbécil? Quiero decir, no sabía
lo que tenía entre las manos, la verdadera joya de la vida, no lo aprendo por muchas lecciones, así que supongo que ahora me voy a tener
que quedar con esta, aprenderlo pero sin poder aplicarlo ya. Algo realmente muy muy triste, rocas grises, gatos muertos, libretas en blanco.

Tonterías de neurótica pero sin Woody Allen.

Pienso en ir a lavarme el pelo. Esto es como caer y caer y no querer agarrarse a nada. Es como el principio del precipicio, sabes todo lo que vendrá después, es lo que estabas esperando. Vas a caer de todos modos. Por qué esforzarse en mantenerse ahí. Se abre un paréntesis contigo dentro.

Piensas en dios, en ir a la iglesia,
miras a los curas reírse en grupo, quieres que alguien te ayude a ser mejor, pero equivocas el gesto.

Pienso en ir a lavarme el pelo, otra vez. Mañana iré al médico. Dirá:

- Oiga, siento decirle que no tiene nada.
- Lo sospechaba- murmuraré mientras pienso que ¡es horrible, es horrible!.

Yo siento tanto dolor, ¿entiendes?

Octubre 2009

Nick Cave va enjuagándome como una esponja pringosa, con su moan thing y un perro ladra en la calle. Él me pidió que nos casáramos. Habíamos olvidado la bolsa con pescado fresco en el mismo supermercado, se subió a la bici y desde abajo me gritó: ¡Hazme un café! y yo le pregunté ¿pero ahora o luego? y el dijo ¡ve preparándo la maquina!. Así que fui hasta la cafetera dispuesta a deshacerme de los posos del uso anterior cuando al abrirla (no sin esfuerzo) veo incrustado en el polvillo húmedo un anillo de plata y una notita en papel blanco con manchas ahora de un color amarillo muy leve en el que con su mejor letra pregunta si me quiero casar con él claro que la nota no hacía falta, con el anillo se daba ya todo a entender.

Me pregunto si él dejó olvidadas las lubinas a propósito, y también si por eso pareció enfadarse cuando me dispuse a ir yo a recuperarlas cuando la comida ya estaba caliente a punto de ser servida.

Hay campanas en la plaza que repican a las siete. Yo le dije que sí, claro.

Hay una luz en la pelvis, es una luz que se vuelve negra, brilla toda la enfermedad en la oscuridad, es como un juego de discotecas pero sin aire.

Le dije que sí. Me había regalado un pañuelo con dulces dentro, me había dicho que siempre estaríamos juntos, que registrarían nuestro amor en los suplementos culturales de los sábados una vez muertos..

Uno debe tener mucho talento (debe ser eso) para que la pareja permanezca al lado pese a la disfuncionalidad.

Le dije que sí. Mil veces, cada minuto. ¡Sí, sí, sí!

..

El niño iba desnudo, no me propongo llamar la atención ni
explicitar lo conmovida que me sentí y lo extremadamente
sensible y buena persona que soy, rechazaré sus palmaditas en la espalda,
tampoco hago
poesía social o de campaña pero
el caso es que el niño iba desnudo, era pequeño tendría unos
dos años y medio o tres,
me tiraba con las manos de la falda y
me pedía dinero o comida en fin,
me giré para mirarle uno siempre
tiene una sonrisa para un niño, o casi siempre.
Tenía los ojos llenos de legañas,
los pies minúsculos y delgados
y yo

me fui corriendo - no podía más
me fui corriendo, no recuerdo haberle
echado unas monedas ni nada parecido, solo recuerdo que

me fuí
corriendo,

que lloré un poco, que después me duché y salí a cenar
a la terraza del hotel, un hotel asqueroso y hablamos de ello
de los niños sobre todo y del olor
del calor abrazándonos como una manta negra.

- es como acercarse a una hoguera -
- es como cuando hace poniente en valencia, pero sin aire-
- es enfermizo- esto hacia el final del viaje

Estábamos aparentemente contentos, compramos
hachís un hachís muy oscuro y divertido,

vimos películas en inglés
hicimos el amor,
hablamos de volver a casa,

yo pensaba en volver
a casa,

en que me sentiría bien al volver a casa,

pero estoy aquí y aunque he cambiado

los muebles de lugar y
tengo todavía quince días de vacaciones para leer,
escribir,
pasear e incluso ir a la playa en bicicleta,

no me siento bien, algo va mal. Realmente
algo
va mal,

y aunque no sabría decir qué es pienso constantemente en
el niño desnudo y pequeño, como una miniaturita viva
agitándose, tintineando con un ruido

como de clavos en una bolsa,

yo voy corriendo

y la bolsa
es mi cabeza.

El viaje fue para mi un resbalón hacia dentro.

De pronto es, como si me quedara sin sonidos, sólo la cigarra y lo demás
un silencio denso y matemático, un silencio verde de moscas y bocanadas.

Todo lo que recuerdo, después de la enésima calada a un cigarrillo que
no debiera fumar, eres tú y tus ojos llorando en Jaipur
con cuarenta
de fiebre.

El agua en la piscina está
demasiado fría ya en septiembre para alguien como yo,
bostezo y lanzo el cigarrillo contra el césped por cortar,
y todo lo que recuerdo
eres tú caminando por delante de mi,
abriéndote camino entre animales y fosas,
desollándote en el ensordecedor tráfico de Delhi,
salvándome de cien mil atropellos, todo
lo que recuerdo eres tú
y a los niños enfermos, con legañas de colores,
y las estaciones de tren
donde el estómago se daba la vuelta y los urinarios públicos cargados contra
nosotros, al pasar con una aspiración, y es así, lo único,
lo más hermoso, de todo lo que recuerdo, eres tú.

Ahora estoy en el campo, mi padre duerme cerca, un sueño de barrigas y
sobresaltos. No entiende que no quiera
hablar de ello pero es que

quiero olvidarme del viaje.

Claro que, no puedo.

Y no hago más que dar vueltas y más
vueltas y
en la piscina, meto un pie y está helada, helada para gente como yo que
se resfría poco pero cuando lo hace está perdida, que soy fuerte como un roble pero a veces
me vengo abajo y parece demasiado aventurarse y mojarse el pelo
un uno de septiembre, sin saber si mañana
me sentiré mejor, se pasará el mal de estómago, sobreviviré a
mi corazón que pesa con estos mil años de existencia,

sin saber si volverás, si volverás queriendo, y con los perros que ladran y
un gallo cantando a deshora y viendo estas estelas de aviones en el cielo azul con el silencio
tan grande que no deja paso a nada más que no sean mis propios pensamientos

cargados de pieles y barro.


Perdona el mal poema, todo se atropella
y hace tanto
que no escribo...

Tormenta de arena

Nos sentamos sobre la arena - hace tanto viento-
había suspendido Paul Weller en el FIB, y nosotros cenábamos calamares
tras un cristal, mientras veíamos la arena deslizarse sobre si.
Después hiciste un comentario sobre el Sahara y la inmensidad,
fumamos algo, abrimos la petaca, yo no bebí porque no
me gusta
el whisky solo.

Con la luz encendida ya en casa, unos chicos que se marchan
del casco viejo miran hacia arriba y acabo de ducharme. Entran aquí con
los ojos y no me importa, mi casa está abierta, mi casa es una gran roca abierta,
- todo va bien, recuperaste la bicicleta robada-
sueño con helicópteros y con escribir en varanasi, una película fina de sudor
en la frente y el escote, es tarde, el viento ha parado,
pienso en Paco y en los astros, en accidentes de avión.
- todo va bien, es viernes y estás más delgada-
no hay enfermedades, no hay pobreza, sólo está este hilo
que te une con el resto, un hilo fino pero resistente, un hilo que estira
de la piel quemada por el sol en vacaciones.

Delhi, Jaipur, Agra, Varanasi. Un hilo y con la gente, Paul Weller no toca
por el viento, ¿qué temes?
- todo va bien, pronto nos fundiremos, hará tanta calor-
-todo va bien, mi amor. No hay nada de lo que
arrepentirse-

A modo de diario fatal.

Yo no sé ser graciosa como Alicia. No tengo esa cosa natural, no tengo mucho sentido del humor. Sigo en mi línea de destruir para construir.
Ahora pretendo adelgazar y bueno, es cierto, he dejado atrás siete kilos y medio, algo equivalente a una garrafa de agua de esas grandes que uno se trae del supermercado, y visto así no es cosa pequeña, pero ahora, en esta noche de viento que viene del mar, ¿hay algo mejor que eso? esta noche, me pregunto, qué hago con este vacío tan vacío y horrible dentro de mi tripa, de mi corazón. La comida siempre ha tenido una función tranquilizadora en mi vida, llamémoslo vía de escape, llamémoslo ansiolítico. Estar sola, una novela que me guste y algo de comer y para qué más, sabes lo que quiero decir. Para qué nada más si esto es la paz, la calma, la perfección del presente extinguido. Ahora que hace un mes que no como nada, absolutamente nada, dulce. Que no como pan, que no como patatas, que no como arroz ni pasta ni nada sabroso, he estado tan contenta de estar más delgada y gritando a los cuatro vientos mis pérdidas, llegando incluso a su anuncio en el facebook (por dios) sin pensar en que, vale, más guapa sí, ¿pero qué vas a hacer con todo este vacío? ¿Lo vas a llenar follando? ¡Ja! ¿Lo vas a llenar haciendo ejercicio y quemándote en un gimnasio? ¿Podrás convertirte en atleta y eso te calmará, te hará sentir un ratito de paz? ¿Crees que alcanzarás cierto estado de relajación si comienzas a practicar la meditación trascendental?¿Podrás, de todas formas, cuando todo esto acabe, terminar? ¡Ohhh! ¡La respuesta querida, es NO! Que no y que no, que esto no va a parar nunca, que pensé que la obsesión por la comida podría sustituirla por la obsesión por la NO COMIDA, esto me parecía algo viable, al principio. Después de treinta y cuatro días mi nivel de frustración va aumentando, esta horrible sensación que no sé de dónde viene, de yonki estremecido y sorprendido en la noche, porque no sabe qué lo que consumía era tan sumamente adictivo y este "me falta algo", que no es exactamente la comida pero que esos momentos engullendo y trangando, podían, de alguna manera, silenciar, y en fin, podría drogarme pero la droga que más me gusta de todas formas da apetito... ¡venga! ¡qué más da! ¡de perdidos al río! pues sí, solo faltaba, encima, dejar de fumar. Un desastre.
Y vengo casa y me lavo la cabeza, una maraña de enredos monumental me pilla desprevenida al extender el champú y después cantidades ingentes de suavizante del bueno. Y no encuentro el famoso peine tenedor que "no te rompe el pelo" y todo es un desastre, yo soy un desastre de mujer, muy desordenada y completamente loca, desquiciada, odio mi trabajo y madrugar y las cosas que se enroscan y odio el aire acondicionado, prefiero sudar, coño, sudar, a eso hemos venido aquí para eso es el puto verano, para sudar, sudarla bien. Qué asco de mundo, joder- le da a uno por gritar cosas así, pero introvertidamente.

Y no me he arrancado la cabeza de milagro con un peine de cerdas microscópicas de abuelo semi-calvo que había por casa y quería arrancarme el pelo y quemarlo todo y he roto el reproductor de cedés del baño por mis santos cojones, con una botella de suavizante de ese verde horrible que venden por litros y que te saca de un apuro, lanzándolo contra el aparato porque total, funcionaba mal y Kiko Veneno (sí, qué pasa!) tartamudeaba contribuyendo a mi locura, y en fin, que a veces todo se tuerce y en realidad la torcida soy yo y necesito un cambio de look un cambio de vida, qué sé yo, un peine nuevo, más orden en mi casa, un pollazo, cualquier cosa que me haga poner los ojos en blanco. Quinientos euros, tal vez una reencarnación.

Luego para colmo moqueando y con las aletas de la nariz en carne viva, expectorando bajo el chorro de aire frío que escupen esos aparatos infernales, he pensado que es muy probable que tenga la gripe A.

Estaba sonando su teléfono en la habitación de al lado.

Las personas que bailaban trituraban mi energía, mírame, con
una mochila a cuestas, tan cansada de pensar en todo lo que
sale mal.

Abandono.

Trece es el número de mi sombra, con los nudillos hechos puré, voy dejándome los puños en las mesas y un astrolabio por muy bien que suene, no es un regalo para mi.
Así que dejaré un reguero de pólvora, todo el camino, hasta
tu casa, con el corazón como explosionando y corriendo una carrera de diminutivos y
heces, hilos pequeños que nos sujetan,

el cuadro con tu rostro- te digo- ahora te pareces más
con el pelo corto, al dibujo.

Tengo miedo y sexo que es rojo y es abierta una nube de algodón para cualquiera
flotan las parejas en el aire con siete brazos y chimeneas negras, las mariposas y
los cabarets se clavan aquí por cuántos años.

Pienso en ti como en arcada y en la nuca el espasmo que se cobra las vidas,
nuestras vidas son risas a medias con los dientes rotos y sin mejillas
sueño que follo con el suicida y que tú mueres en el barro, todas las cosas vuelan en
el aire, un dibujo en el que salimos Rafa y yo, especialmente apreciado, lo veo
alejarse en la tormenta
.
El impulso era reconocer que soy carnívora y soy pedestre, que miro al hombre que
rompía los vasos y qué decir que haría cualquier cosa por, por cinco minutos
borrarte.

poesía de irradación del mal. intentos fallidos de recuperación, esquirlas, gilipolleces.

Por ti habría aprendido capoeira, y más cosas.

En el parque un chico que estaba buenísimo la bailaba cerca de mi y pensé en que
por ti habría aprendido capoeira y más cosas.



A veces me siento como un cráter que se invierte, la saliva corre hacia dentro con sus burbujitas. El corazón es un látigo para el brazo derecho,va irrandiándose
por él
como arroz lanzado a puñados.

Mi cuerpo es un extraño con nuevas aficiones, con manías que despiertan y tensión en los músculos cervicales.

Ahora no escribo poesía y no sé que hacer con mis vicios,
fumar y beber,
quedarme despierta hasta tarde y sola, hacérmelo por webcam con cualquiera, retroceder en el tiempo para quedarme entre
los brazos
de Luis.

Todo es ficción que se desmembra, se descuelgan los brazos del teatro que me sujetaba, es como si de pronto
no tuviera otro remedio que ser yo y ya no fuera nadie, el chico cayó por el acantilado, la tierra cedió y Luci se casará, unos van y
otros vienen, mi familia desaparecerá, y Alicia con pancreatitis, y para qué negarlo,
también
me acuerdo de él,
mis piernas se debilitan y el bulto crece inexorable, cuando pienso
en enfermedades, pienso en él y por eso lo recuerdo a menudo,
recuerdo la posición de los labios, la mirada hacia la izquierda, y que dejó
de comerse las uñas porque
yo se lo pedí.
También recuerdo que lo hacíamos sin besarnos, como prostitutas que no acaban
de creerse el amor, y cuando pienso en enfermedades pienso en él,
y pienso bastante en cánceres y úteros y en dolores que se mueven a lo largo y ancho
de mi cuerpo.

Y cuando salen suicidios por la tele, y cuando castran a un gato,
y cuando llueve en vacaciones.

Sueño nº 18.723

Otras veces sueño con una enredadera de nombre oriental, y
con los brazos y los ceniceros repletos, me muestro séptica porque
el juicio se me escapa como un melocotón que se pudre, los dedos se
marcan con cierto asco de supermercado, con alquiltran y carros sobre
la fruta,
hay veces que también aparece un hombre bárbaro, y lo vivo con
claustrofobia, una que se piensa, aliviada, pues logré salvarme a tiempo y

sueño con rectángulos y sus manos sobre esos pechos enormes, sus manos
horadando un culo tremendo, mientras una mujer tórtola no jadea, sólo
mira la pared con fotos del viaje pegadas, y él tiene sacos bajo el colchón.

La orientación de mis cosas tiene poco que ver conmigo, ¿qué son estas
prolongaciones falsas? A veces recorro nuestra historia con tan poca
delicadeza, imagino el último día atado con cordeles rojos y papeles, tendrás
que decirme adiós porque una mujer tórtola vuelve de esperarte, y mientras tocas su
culo
yo retrocedo cuatro pasos, sólo cuatro, lo justo para poder volver a
casa, mientras llueve y poner un disco.
Te vas tan rápido, y llegas a tu nuevo
domicilio
(otra mujer, otra decoración)
con los zapatos mojados, pisoteando
las
alfombras.

Formentera - Fotografías mentales-

La oscuridad negra tan negra como, sí, la boca de un lobo. La mano y la confianza ciega. Fue bonito, un minuto largo y trenzado en el ombligo en busca de la linterna.

Lagartijas verdes cruzándose todo el tiempo en nuestro camino, daba pena caminar por no pisotear las flores y las hileras de hormigas. Cosas que aparecen como por encanto.

La ceja con el destello blanco. El bello gesticular de otro. Los miro como se miran unos bellos ejemplares que proteger de la extinción. El mar de fondo, y nosotros sobre las rocas.

Urbanitas con la tez roja, porque el sol nos ha dado un poco, de pronto tenemos mejor aspecto, parece que todo va a ir bien, que nos iremos lejos y olvidaremos aquello para lo que fuimos programados. El aislamiento en esta lista no tiene nada que ver con lo grave que parece en la ciudad, donde en realida casi nunca te cruzas con alguien.

La puesta de sol y el gran perro negro que nos siguió durante más de una hora. Al galope con , junto a las bicicletas como un enorme caballo salvaje

La puesta de sol verdadera, nada más que eso y nuestro silencio cómplice. El perro jadeando se tumbó sobre la roca, las olas golpeándola. Un barco imprimiendo la silueta negra sobre el mismo sol.

Dormir y no escuchar nada, sólo el leve murmullo de la radio en la otra habitación.

Me gusta recordar el tacto y otras cosas, no puedo sacarme de la cabeza la belleza y el cabello despeinado por la noche viendo una película de terror.

Tan fácil como extender los hilos.

El olor de la perra después de revolcarse en las algas. Los barcos, la ropa ordenada en el armario.

Azucarillos

Yo soy el propio dibujo, emborronándose con la gota y la otra gota, la rabia
es un perro gigante, nuestro amor es viejo y ya no suena a viernes.
El castigo toma formas perennes,

construirme una y otra vez qué hago si no eso,
construirme una y otra vez con retazos que se van, sí, desvaneciendo, con
la gota, con la gota se van.



Las puertas del muro azul abiertas, los vecinos pasan, me gusta mucho estar sola, es decir, no estar rodeada de gente desconocida, prefiero que no pase nadie por la calle estrecha en la que escribo, este bar me encanta, con sus sillitas de madera y sin tráfico, con el árbol gigante cerca, mucha gente viene a tocar su tronco, son muchos años, por cosas de la energía cósmica y demás. Pero afortunadamente pasan rápido, no es necesario mucho más, el tacto de la madera húmeda reconforta en unos segundos, y pese al cabello naranja extremo paso desapercibida, o eso creo, no me importa, de todos modos, estoy de espaldas.


Romperse es sumamente difícil, en realidad lo es tanto como fácil, tal vez se trate solo de que el momento sea el oportuno y todo se vendrá abajo en una catarata marrón y enorme.

En estas fechas, pedir un mínimo de silencio en esta ciudad es imposible, un niño bastardo está tocando no sé qué pito estridente en la plaza, el eco llega hasta aquí.

¿Qué es esto? ¿Una ofrenda a modo de diario? ¿Una pataleta incombustible? Se deshace en mis manos la coherencia y el nudo que tengo vuelve a mi garganta otra vez, siempre parece que quiere quedarse para siempre. Luego es expulsado, o reducido, agazapado en alguna parte va a volver como vuelvo a alimentarme mal por muchos propósitos de enmienda que haga.

Lo de la sangre y los periódicos me enferma sumamente. Lo de la sangre y los periódicos, lo de los hombres empinando el codo en congresos y ferias de restauración. Y las mujeres que son como colchonetas con botas y maquillajes y oro.

El arte es inconmensurable y fugaz, pasó por mi una pluma extraña y azul, pasó y no vuelve, me siento nada. Me siento como nada, nunca hice nada con un propósito, solo el de pasar mejor el día, ahora me encuentro con la imposibilidad de hacer algo nuevo de lo caduco e inverosímil.

Miras a la chica gorda y con turbante (menos gorda que tú en todo caso) te gusta su naturalidad y su dentadura, te gustaría mirarte y ver lo que ella ve. Desgraciadamente, somos ésta, y no otra.


La carne en el asador es lo que haría falta, haría falta eso y follar, follar mirándose a los ojos, lo que se suele llamar hacer el amor pero con palabras guarras y oídos atentos.

La policía nacional ha pasado por aquí con sus motos mientras yo deliraba histriónica hablando por teléfono, gesticulando con un porro en la mano. Estoy de espaldas (ya lo dije) así que no los vi venir. El primero redujo la marcha y se giró, mirando mi mano, que yo seguí de todos modos moviendo, sólo que esta vez con cuidado de que se fijara en la parte marrón de la boquilla donde pongo el cartoncito, una forma como otra cualquiera de hacer porros, pero que pasa a veces por un cigarrillo si no se tiene mucha vista. El policía no tenía mucha vista, o es que ha decidido no tenerla. Escribo, bebo café y fumo en una calle peatonal por la que no pasa casi nadie. Estos paladines de la justicia, estos vigilantes de la ley y el orden, me resultan antipáticos aunque tengan buenos culos. Mi naturalidad manifiesta a la hora de esgrimir mis pequeñas banderitas cotidianas, me ha librado de una multa y del mal trago, que al fin y al cabo lo es.


Mi bulto debería verlo un médico. A veces creo que moriré por indolencia. Es muy probable.


Mi mundo se hace pequeño, muchas veces es una miniatura que chilla sin que nadie la oiga. Soy un garbanzo en el universo, un garbanzo en mi ciudad, un garbanzo de todas formas en mi calle y en mi casa.


Es tarde, las manos se me quedan heladas, estoy esperando que tus labios rocen los míos con algo parecido a la casualidad. El corazón me latía tan rápido en el patio, de verdad pensé que iba a hiperventilar y desmayarme.

Divagación.

Necesito sentirme fuerte, utilizo todas esas complicadas contraseñas
para el correo electrónico y páginas de contactos, reordeno las prendas
por tipos y frecuencia de uso, necesito y tú lo sabes
sentirme tan fuerte.
Trato de tener sueños lúcidos, ahora que no escribo apenas
y que lo poco que hago, lo hago pasando de puntillas por el mal.
No sé, no pretendo nada,
necesito reaprender el vahído de la escritura, que me de un poco igual, caer
dentro de ella que
apagues la televisión, que terminen las fiestas, tener las gafas, tal vez este fracaso
se deba también
a una visión deficiente.
A los ángeles les suenan las tripas, nada de viejas arpas,
el abuelo no me mira pero está riéndose con ese hueco
en las encías recostado en el sofá, en la pantalla,
y la primavera está llegando, el amor
flota en el aire como un globo de gas y pulsaciones,
mi memoria es una cadena negra y por las noches sueño también
sin darme cuenta, con palacios de zirconita y peleles con penes pequeños
y contigo, amor, mi legendario amor, en los calabozos de la ciudad, rodando como
ruedan las piedrecitas pequeñas en verano haciendo daño en los pies,
en junio todavía tenemos las plantas
delicadas y siempre hay un dolor,
Ismael tiene varios, nosotros sabemos mucho de las personas, las
vemos venir, y sigo soñando con cráteres y perlas, con chicos que pierden la
cabeza, dilapidan sus fortunas, se despeñan como
cabras montesas y afortunadas, pobres pero aún ilesas
sus ojos saliendo de las órbitas mientras
corren por el arcén de
la nueva autopista.

*

Me siento fuerte con enredaderas
y cosas complicadas que hacen el entramado más
resistente.

Palabras.

Luego está la sangre, de pronto resbalando por el muslo, líquida y rosa, y el cabello de un naranja eléctrico, y él diciéndome que esta tarde puedo ir a comprarme todos los trapitos que quiera. Sonrío y me hago pequeña, en el espejo sólo soy un insecto pedante, los problemas de cervicales hacen que me maree, sobre todo cuando miro hacia arriba, ahí arriba está nuestra colección de cómics. Escribir como ejercicio inútil cuando ya parece que tu vida está precintada, un sueño vago de algún imbécil en algún lugar podría ser más interesante que contar ladrillos en la fachada de enfrente o comprar carne picada y compresas, pretender ir a la inauguración de una librería justo en la calle de atrás, cruzarme con el yonki del brazo roto y saludarle.
Miro su autorretrato justo enfrente de mi, mientras escribo sus ojos bélicos van acariciando mi nariz, podría decirle que en mi enfermedad hay canciones muy bonitas, que harían llorar a las princesas, y también que he desperdiciado mucho tiempo, escribiendo sin contar nada concreto, fotografías mentales deshechas en en palabras, desmenuzadas torpemente, no hay nada más que eso, torpeza, y que me gusta, me gusta la carne cruda, no mentía en aquella entrevista, ¿no es horrible? Que me guste, quiero decir.
Fumo por toda la casa, dejando aquí y allí mi ceniza esparcida como cagadas de paloma, abro las ventanas y hace frío, un frío pequeño y que precede a la primavera.

Hago ejercicios para desatascar el embudo de mis palabras, derrocharlas siempre fue lo mío, no sé qué está pasando.

Palabras que no nos gustan.

Dicotomía. Realidad. Arritmia. Procesar. Ajenjo. Raquítica. Enclenque. Bótox. Enjundia. Idiosincrasia. Hiperventilar. Colación. Miedo, ansiedad, lexatín, bajón, sola, gorda, siempre, otra. Madrastra, hijastro, mujerzuela, epíteto, bofe, cachicamo, sarro. Reglosa. Hermenéutica, Diacrónico y sincrónico, epocal, epistémico/ca. Padre, Madre, Pescado. Instruir, pollito, anémona, libertinaje, zozobra. Pretension, desproposito,recelo, celos, posesión, cargo, despedidga, grande, dependencia, soledad, menosprecio, descompás, murmullo, barullo, .....ismo. Referente. Hagiografía. Solidario. Válido. Implementar. Proyecto. Orgánico. Felicidad. Zote. Crematístico. Cuchipanda. desilusion, desamor, rutina, hipocresia, maltrato, ansiedad, depresion, vacio, muchedumbre, hambre,























Dime tus palabras odiadas pinchando aquí, voy añadiendo las que me enviais.































































































































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