Cuando el silencio me ahoga, enciendo la radio y me llegan de un planeta lejano voces que apenas comprendo: ese mundo tiene su tiempo, sus horas, sus leyes, su lenguaje, preocupaciones, diversiones que me son radicalmente extraños.
Simone de Beauvoir.







No hay otro remedio.
Yo hacía eso que hace la de la foto. Me follaba mis muñecos de peluche.
Sí, sí, pueden echarse las manos a la cabeza y reir, sin tapujos.
Ponía las manitas de plástico duro de aquellos muñecos cruzadas sobre su torso de trapo y me colocaba encima, situando esas manitas justo donde me daba gusto.
Yo no sabía que aquello se llamaba masturbación. Siempre lo hacía así, como un animal. Después comencé a utilizar las manos. Descubrí que era desde luego mucho más práctico y con cierto disimulo y una mantita por encima podía hacerlo en cualquier lugar. Pero seguía sin saber de qué se trataba. Creía que era algo que sólo hacía yo y que además no era algo demasiado bueno en general, para dios o para lo que sea (supongo que eso deriva de los años que estudié en un colegio de monjas) De hecho cuando estaba cansada o muy nerviosa no solía hacerlo y pensaba, como el yonki que empieza, que a partir de ese momento ya no lo iba a hacer nunca más. ¡Ja!
Gracias a la Nuevo Vale descubrí que aquello tenía un nombre. Y empecé a utilizar objetos de variada índole, con afán explorador. Lápices Alpino, rotuladores carioca o fundas de esas de puro que dan en las bodas. Después ya pasé a el desodorante aquel, Mum creo que se llamaba, de color azul, lo más parecido a un consolador que tenía en casa, aunque pequeño.

Y bueno en definitiva esta confesión absurda es porque estoy cachonda y creo que voy a hacerme un apaño con el Rabbit (sofisticación total, ¡quien necesita un hombre!)que me regalaron para mi cumpleaños una buena amiga y un mamón.

Que os follen a todos.

Y a la mierda la literatura!

Tienes en las manos esa muerte lenta
que me inflinges con el ansia de la vieja
ante el oxígeno,
en los ojos la caída libre, el deseo de doncella
y los párpados guillotina cerniéndose sobre los míos
tras el humo del cigarrillo, tan recurrente y pesado.
Tienes así la espalda del nadador pésimo
Y sobre mí te agitas como una lagartija y sobre mi
Te acuestas y resbalas y modificas
La primera palabra.
Una luz primeriza advierte, parpadea.
- ¡Aléjese!
¿Pero qué hay que opera como un funcionario cansado
tan pendiente del tiempo, colgando del segundero?
Qué hay en ti que me deja tiesa, que me abre las piernas,
Que me abruma y me seduce, que me traslada a Las Vegas
A esa capilla donde tú eres elvis
Y yo la erótica Monroe.
¡Oh tendré que salir de esto!
Llamen a una ambulancia!

Pido perdón por la repetición de versos de otros poemas. Por la reiteración de palabras que aparecen millones de veces en todo lo que escribo. Estoy experimentando un poco con la poesía y ando buscando cosas que no encuentro, me repito con afán de cansarme, y sin remedio. A veces prefiero no escribir a escribir ciertas cosas. Pero estoy en el camino. Algo está dando los últimos coletazos.
Dejaremos que se quede así, boqueando hasta morir.
(al fin y al cabo, sólo palabras)


Escondo vetas como aire, confieso:
Que guardo miserias y rarezas, que hago de esto aquello
Que soy una tempestad de destrucción cuando tratan de herirme
Y calculo con precisión básica cómo no caer en garras
Fúnebres, como de televisión o esperas burocráticas.
Intento, estar siempre alerta, permanecer valiente
Ser erótica y mística, práctica, no convencional.
Someterme a ciertos excesos, comprobar con furia
Tu espalda de pésimo nadador, por la noche, en la cama, con las manos frías
Como escaleras de mármol por las que habrías de subir.
Quiero ser siempre otra, nunca la misma, mañana desnuda
Hoy traidora, mañana sutil y comprometida
Uraña, vendida, profunda, un misterio.
Escondo veneno, no son grácil, no soy tímida
Soy fuerte, eso parece, fisonomía de camionera, actitud
Abierta.
Sí. Y también está en mi la terrible muesca en los labios,
La noche del desvanecimiento, la creencia en la enfermedad
El insecto que revolotea por las noches, la poca paciencia
el amor contenido, el amor
esa palabra que debería estar prohibida, siempre
en un poema.

Poesía y Definición

Recomiendo encarecidamente la lectura de este texto de Carlos Edmundo de Ory y lo que le sigue. Poesía y Definición ---> Descargar

EL RESFRIADO

(Porque parece un delito)

Yo era ese típico niño muy canijo para su edad, ya saben.
Aquel día llevaba la cara pintada como un tigre, y cogía carrerilla en el pasillo del hospital dejándome caer al suelo de rodillas y resbalando así por las baldosas pulimentadas.
Mi madre estaba muy delgada y fumaba todo el tiempo, lo hacía con fruición, encogiendo las mejillas con cada calada. Se le marcaban más los pómulos. Eran unos bonitos pómulos después de todo para la poca carne que tenía, pero al fumar sobresalían demasiado, y ella parecía que iba a desaparecer de un momento a otro. Tenía el cabello rubio y liso, la recuerdo con unas botas marrones de tacón alto y aquellos vaqueros ajustados. Los hombres la miraban, ya saben. Yo me sentía celoso, pero por entonces no identificaba esa sensación, sólo sabía que aquella mujer era mía, y nadie más debía ni siquiera rozarla. En el hospital no se podía fumar. Ella se frotaba las manos, muy elegante, ya saben. Pero se las frotaba con ahínco. Llevábamos allí más de una hora, ella ya tenía mono de nicotina pero aguantaba estoicamente, todo porque yo tenía fiebre. Mi madre era una buena madre, sí. De esas que te llevan al pediatra y se sacrifican sin más.
Este día fue importante, muy importante. Yo tenía ocho años y descubrí que me gustaban las gordas. Fue cuando entró aquella mujer. De cabello espeso y rizado, las tetas generosas y con unos brazos fuertes, que extendió hacia su hijo cuando este estaba a punto de caer como un tronco cortado por un hacha, salvándolo de estrellar el morro contra el suelo, como una diosa enorme que extendía su mano salvadora.
Quedé petrificado, ya saben. Un niño con la cara pintada, como un tigre.
Mirando embobado a aquella mujerona grandísima y de cabello llameante. Sonreí cuando ella se sentó en aquella silla blanca de plástico y me miró.
Su hijo, un crío de dos años o así, comenzó a corretear arriba y abajo intentando imitar mi estilo al caer de rodillas sobre el suelo y resbalar al menos un metro sobre los pantalones. Y sentí de algún modo que aún no comprendo, que debía aprovechar la ocasión. No me pregunten cómo, sólo tenía ocho años. Pero ella nos miraba y se reía, jugaba con las teclas del teléfono móvil, sacaba un libro de un bolso también enorme, leía, levantaba la vista, volvía a leer. Vigilaba a su hijo, ya saben, creo que también se trataba de una buena madre.
Y bueno, no sé cómo pero la miré fijamente. Un niño de ocho años puede mirar muy fijamente, hoy lo sé. Y dije
-Hola.
Y comencé a andar pasando por delante de ella, seguí mirándola y ella mantuvo la mirada.
Quedé de pronto como imbécil. Tuve que sentarme al lado de mi madre y quise esconderme detrás de ella pero era tan delgada que aquello parecía una tarea imposible. Por aquellas la mujer gorda había dejado de mirarme pero yo ya nunca podría sacármela de la cabeza. Mi madre me pareció a partir de entonces algo menos bella. Y aunque intenté por todos los medios que se atiborrara de comida, dejando incluso de comer proponiéndole aquello de un bocado cada uno, todo por que comiera, ya saben. Ese juego que en mi caso no fue más que pura manipulación. Pero nada.

Fue ese día, lo recuerdo como si fuera ayer. La carne rosada y que parecía caliente, el cuello donde esconder la nariz, los movimientos casi implacables, el carácter afable y complaciente, pero duro y rencoroso a la vez. Todo eso, saben, Sin tópicos.
Sencillamente me gustan las gordas. Me enamoro de todas y cada una de ellas.
Por la calle, en el súper, en los cafés.
Quiero meterme en ellas, en sus vaginas y en sus mentes. Envolverme en sus carnes. Ser parte de lo que comen.
No sé, saben. Tenía ocho años, pero lo recuerdo muy bien.


Fin

****


Caminabas por la arena con aquellos papeles
los agitabas, y te subías, desnudo, las gafas.
Resolviste por fin aquella operación
matemática.
Y fue cuando yo, sonrosada por el sol de junio y esquiva
como una ráfaga de aire ante decenas de pájaros muertos
hice un círculo con las manos y respiré hondo.
Quise llamarte mi amor y comprar un nido hecho con
miles de ramas.
Hubo un silencio de animales al acecho, y con
el cuchillo aquella
terrible muesca en la madera justo al lado de mi nombre.

(Quería fantasear sobre el futuro verano
pero no sale más que toda la desdicha
de convertirme en polvo)

Parecía saber más que yo y quise creerle.
Ahora tengo que lidiar con todos estos pedazos
con los trozos que va dejando como limosna.
En realidad me gustaria
ROMPERLO TODO SIN GRACIA, A PURO GOLPE DE MARTILLO
Y sinceramente también me la suda
lo poético de la nada.
Del fracaso, la derrota, la herida.
El pequeño hombrecillo está muerto dentro de mi.
Y no puedo sacar su cadáver a la luz,
no puedo secar su sangre ni borrar su rastro.
Y tú no quieres salvarme, nunca quisiste más que
una muesca un labio ahora
la música se estira como una luna distorsionada.
Mi poesía es basura, el aire que respiro es denso
como maleza
y la habitación sugiere presencias que aún convocadas
se niegan a aparecer.
Déjame que explore al menos.
Déjame que no sienta miedo siempre el mismo miedo.
Haz como que importa, haz como que
sirve de algo.
Todo esto.

La cuestión es que yo sólo pretendía crear algo.
Hacer algo con todo aquello, moverlo, convertirlo.
Pero vinieron las tinieblas, y el abismo, que siempre
se extiende rosado a los pies de uno.
Y entonces no queda más que gritar. Gritar.
El interior es un baño húmedo y azul.
Y tus ojos escondidos detrás de las gafas
y tus manos en los bolsillos o sostiendo un libro.
Yo, que habría dado todo, todo.
Y por una mentira.
Como un payaso sin maquillaje, una mosca olvidada y muerta.
Es lo más cerca que estuve del amor, tal y como lo entendemos
en esta sociedad del siglo veintiuno.
Y nunca volverá.

Había una luz preciosa. Como una luz de esas que
rodean a los santos y las vírgenes en las estampitas.
La cerda me miró fijamente, parecía despertar de un
pasado inepto, blanco, tieso como ropa almidonada.
Tosió, una tos seca. Y alargó hacía mi su pezuña.
- Está bien- me dijo- ya basta. Has hecho todo lo que
estaba en tu mano.

No tenemos por qué hablar de tu patética vida, ¿entiendes?. Podemos dejarlo para mañana, o para pasado. Podemos dejarlo de lado, ¿vale? No tenemos por qué hablar de tu patética vida.


***


Como no me atrevo ya practicamente a llamarte, tampoco a escribirte y mucho menos a sugerir un encuentro, he decidido lanzar al aire mi ingratitud final, y mientras fumo estos cigarrillos de valiente risa, considero que tal vez nos hayamos precipitado y una vez precipitados no hay más que precipicios.
Padezco de claustrofobia, más que de vértigo, eso es verdad.

***

Esa forma de acumular "nada" es realmente beneficiosa para la salud, sobre todo la cardiaca y la que tiene que ver con enfermedades de tipo nervioso, como podría ser la dermatitis.
Con lorazepam todo es de color rosa.

***

La mujer joven espera sentada. Hoy se va a morir pero eso nadie lo sabe porque nadie pregunta y de todos modos a nadie le importa. Ella está cansada de apretar cosas entre las manos, y de que éstas cosas se volatilicen como por arte de magia.

Cruzando el Liffey hablaban de Wilde.
Ella le explicaba algunas cosas que él desconocía
habló también de Beckett
Esperando a Godot
y el purgatorio.
Fue cuando él pasó el brazo sobre sus hombros
y ella lloró, lloró durante una hora. Sin poder parar.
Por el tímpano acabado, por la malicia del sucedáneo de amor
que creía estaba viviendo y la poca pasión que había en su vida
y por el aire frío en Dublin. Y
porque la poesía no es nada, no es más que mierda
hay que estar loco o lanzarse al vacío, suicidarse
o caer en una espiral demente de drogas y abusos familiares.
¿Sabes? Yo no sé hacer otra cosa- le decía ella
sé hacer eso y sé amar.
Y ninguna de las dos cosas se me da del todo bien.
No tengo suerte.
Él sonrío (sabía ser muy adulador y miraba muy fijamente)
y le dijo
a mi me parece que eres maravillosa.
Ella bajó la vista y lloró más.

Para LMP. Y también para B.

Huye, cobarde, huye
huye a la corteza, que apresurada se cierra sobre si
como si la tierra hubiese partido el monumento
al libertador
y el aire enrarecido ocultase
gases lacrimógenos, es por eso, te grito
es por eso que ahora lloras.
El amor imposible con la dama de anchas caderas
que pululaba por los bares borracha de miedo y whisky
y sacaba las cartas marcadas y necesitaba saberse siempre
deseada (era por ello que sus pechos eran acariciados
por el más estúpido de los hombres.)
Tú la mirabas desde el fondo del abismo, allí tan grande y tan pequeña
y babeabas algo, porque no había más que pastillas en tu mirada
y melancólicas danzas y deseo insatisfecho
todo muy
freudiano, aburrido, caótico, demencial.
Nada de lo que hagas puede salvarte, los ganglios se inflaman
el deseo se muere, atropellas a una garza ya herida cerca del lago
pese a los carteles que advertían del peligro
te lanzas sin mirar y cometes siempre el mismo error.
El humo significa que has vuelto y que todos esos cigarrillos
que te envuelven no son más que modos de etiquetar el presente
referencia de consumo.
Tiempo muerto, sexo cíclico
la imagen misma de la anunciación.

La poesía confesional es vomitiva, hay quien dice
que la poesía confesional no es poesía si no
ego, un ego vacío que no hace más que pervertirse.
El objeto del ego no es otro que la perversión del yo.
La perversión del yo es lo que buscan aquellos que
escriben poesía confesional esperando de algún modo
encontrarse a si mismos o mejor aún que alguien
los encuentre y quiera quedarse con ellos.

¿Dónde queda la estética? ¿Qué valor tiene en realidad la confesión
en un poema si hablamos de poesía y no de diarios o personas concretas?

Sucumbo a la creación de la nueva representación.

Es tan extraño
me pregunto
¿Es así como van a funcionar las cosas?
¿Van a tener siempre esta insulsa riqueza?
¿Esta prosperidad fingida?
Te gritaría que
hemos de hacer como los pequeños inventores de líquidos
mirarnos, si acaso irreconocibles en el nuevo papel asignado
y precipitarnos recelosos, uno sobre el otro
uno sobre el otro.
Lavados, limpios
con el torpe sol rozándonos como un bálsamo.
Con cuadernos que llenar de cuentas y misiones.

La chica del diente partido se relaciona con personas que la aconsejan valientemente acerca de cómo reventar su inocencia de la manera más breve posible. Aconsejan a la chica que deje de parecer lesionada, que recuerde su agilidad, la facilidad para sentarse de ese extraño modo cruzando las piernas como si fuera de goma. Que aune inteligencia y mentira, que se case con el mejor postor.
Se organizan apuestas en su casa. Sodomitas, chicas sin memoria demasiado drogadas, chicos con máscara y de largas piernas y hermososo ojos. Dicen: ganará ella, siempre fue el azote de payasos. Otros aventuran: Ella se extingue como una ramita al fuego, como un órgano sin sangre, temerosa de dios y de otras cosas, se sume en el espanto, no sabe de qué va eso de suma y sigue.
Y ella los mira, con la cordura instalada, con los pies en la tierra. Con el yacimiento de piedra caliza en el mismo centro del pecho, y ahora se maravilla. Se observa en el gran espejo y no repara en buenas palabras, y se dice. Ahora es él, medroso, el que ha perdido, y aunque tú estés en un desierto de paréntesis y dudas. Vales más que cualquiera. Y no hablo de dólares. Hablo de esa interrupción de todo cuando estás amando en contraposición a lo roñoso de otras mujeres que conocí, que te dan su tiempo parcial, su fraccionaria esencia. Y no quieres saber nada de mentiras, ni de juicios, ni de frenos, ni de charlatanes dispuestos a doblar tu templanza. No hay retribución para ti, y eso es porque pusiste todo lo tuyo a un número, como haces siempre y para perder.
Sólo que esta vez has aprendido, y escribes con ligereza todo esto para insistirte, para que quede claro que eres sobresaliente, que no eres una solicitante, que el puesto es tuyo, que todo te aprieta pero hay cosas que puedes odiar mucho más.
Lo superficial te espanta. La gente te espanta. Distinguidos, generosos, somnolientos, lentos y sobre todo los insistentes.
Estás en tu refugio, dispuesta a salir ahí, tienes un pie fuera. Resucitas.
Miras los cadáveres que dejas a tu paso y no puedes más que sonreir.

La chica se dice todo eso mientras regordeta, se sienta en el sofá y enciende un cigarrillo, con la libreta sobre los muslos, se repliega y devuelve una mirada al chico comunista que le dice una sabia frase imposible de reproducir pero que queda grabada para siempre.
Se separa de todas las expectativas e ideas preconcebidas. Se lanza en picado a lo nuevo. Corretea en un jardín. Diablura de niña con las mejillas tan rojas como lo más rojo que pueda existir en el mundo entero.

Camino por la calle. O sentada en la cafetería. O delante del ordenador, en el trabajo. En el supermercado o mientras conduzco. Bajando las escaleras, por los pasillos de un centro comercial o preparando un concierto poético en la calle alta. Mirando por la ventana. Con dolor de muñecas.
Cada instante, todo lo que veo se me antoja poetizable.
Y pienso en versos, muchos de ellos con rabia, porque la mayor parte del tiempo el mundo se me escapa de tanto que lo observo. Y me parece fascinante una mujer mayor con el pelo recogido en un moño blanco, y el tipo de la barba barrigón, el común padre de familia acompañado por su hijo de ocho años adorable y adorado. El joven de los dientes sucios, el de las manos con grasa, el valiente geniecillo de tres al cuarto cargado de libros y con mochila de piel. La joven de grandes tetas y tez blanca, el encargado de la gasolinera que se llama Oswaldo y me llama por mi nombre, la vecina loca que pasea perros y se pinta los ojos como si pintara una puerta de un corral, la insaciable puta que siempre acecha justo detrás de mi, el chico larguirucho de respira bajo el agua, el pálido reflejo azul en los ojos que afortunadamente no se cerraron y la cajetilla de tabaco destrozada a base de arrancarle trocitos de cartón.
Y me alejo y me alejo. No quiero participar de relaciones que más bien parecen ajustes de cuentas, que sirven para ejecutar proezas de algunos o son maneras de abultar el ego, de crear confusión, todo para comprobar que somos capaces de provocar lágrimas en otros o sencillamente sentir que tenemos EL PODER. Podemos hacer uso de este poder sobre otra persona, demostrando así nuestra poca elegancia, nuestro poco seso y valentía cero, pero es algo que nos pese lo que nos pese sin duda nos hará sentir mejor (que el otro) al menos momentáneamente.

Parece que nos han enseñado a amar manipulando. Lo lícito es que nos quieran y no nos importa la forma si no el fin, queremos recibir sin entregar, así que como sabiamente dice A, estiramos y estiramos la goma, hasta que se rompe y nos da en la cara.

Tu cara está a punto de recibir un impacto.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
Dos.
Uno.
.
.
.
!!!!!

Hoy: André Breton.

Yo creo que en realidad no hay en el mundo poeta que me guste más.





DAME JOYAS AHOGADAS

Dame joyas de ahogadas
Dos pesebres
Una cola de caballo y una manía de modista
Después perdóname
No tengo tiempo de respirar
Soy un destino
La construcción solar me ha retenido hasta ahora
Y ahora sólo tengo que dejarme morir
Pide el baremo
Al trote con el puño cerrado sobre mi cabeza que suena
Un fanal en donde se abre una mirada amarilla
También se abre el sentimiento
Pero las princesas se agarran al aire puro
Tengo necesidad de orgullo
Y de algunas gotas comunes
Para calentar la marmita de las flores enmohecidas
Al pie de la escalera
Divino pensamiento en el cristal estrellado del cielo azul
La expresión de las bañistas es la muerte del lobo
Tenme por amiga
La amiga de los hogueras y los hurones
Te mira en dos veces
Lee tus penas
Mi remo de palisandro hace cantar tus cabellos...





SUEÑO QUE TE VEO...

Sueño que te veo superpuesta indefinidamente a ti misma
Estás sentada sobre el alto taburete de coral
Delante de tu espejo siempre en su cuarto creciente
Dos dedos sobre el ala de agua del peine
Y al mismo tiempo
Regresas de un viaje te quedas la última en la gruta
Resumante de relámpagos
No me reconoces
Estás tendida en el lecho te despiertas o te duermes
Te despiertas donde te dormistes o en cualquier otra parte
Estás desnuda todavía rebota la bala de saúco
Mil balas de saúco murmuran sobre ti
Tan ligeras que en cada instante tú las ignoras
Tu aliento tu sangre salvados de la loca juglaría del aire
Atraviesas la calle los coches que sobre ti se lanzan no son
más que sombras
Y la misma
Niña
Presa en un fuelle de lentejuelas
Saltas a la comba
Bastante tiempo para que aparezca en lo alto de la escalera invisible
La única mariposa verde que frecuenta las cimas de Asia
Acaricio todo lo que fue tuyo
En todo lo que debe serlo aún
Oigo silbar melodiosamente
Tus brazos innumerables
Serpiente única en todos los árboles
Tus brazos en cuyo centro gira el cristal de la rosa de los vientos
Mi fuente viva de Sivas

André Breton

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Dicotomía. Realidad. Arritmia. Procesar. Ajenjo. Raquítica. Enclenque. Bótox. Enjundia. Idiosincrasia. Hiperventilar. Colación. Miedo, ansiedad, lexatín, bajón, sola, gorda, siempre, otra. Madrastra, hijastro, mujerzuela, epíteto, bofe, cachicamo, sarro. Reglosa. Hermenéutica, Diacrónico y sincrónico, epocal, epistémico/ca. Padre, Madre, Pescado. Instruir, pollito, anémona, libertinaje, zozobra. Pretension, desproposito,recelo, celos, posesión, cargo, despedidga, grande, dependencia, soledad, menosprecio, descompás, murmullo, barullo, .....ismo. Referente. Hagiografía. Solidario. Válido. Implementar. Proyecto. Orgánico. Felicidad. Zote. Crematístico. Cuchipanda. desilusion, desamor, rutina, hipocresia, maltrato, ansiedad, depresion, vacio, muchedumbre, hambre,























Dime tus palabras odiadas pinchando aquí, voy añadiendo las que me enviais.































































































































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