Cuando el silencio me ahoga, enciendo la radio y me llegan de un planeta lejano voces que apenas comprendo: ese mundo tiene su tiempo, sus horas, sus leyes, su lenguaje, preocupaciones, diversiones que me son radicalmente extraños.
Simone de Beauvoir.







Estábamos en una iglesia y tú tenías el pelo muy largo.
Te interesaba el santoral, el calendario.
Y te quitabas las gafas mientras lo ojeabas, y parecías
restablecerte con cada página.
Yo tenía en las manos unas tenacillas
y pretendía con ellas, no sé, cortarme algo.
Dejarlo en la capilla, carne incorrupta de la chica "Jurado"
Esparcias después una especie de ceniza y yo
la olía y pensaba que eras el hombre más hermoso y terco
que nunca en la vida había visto.
Simpatizabas con el párroco, que disfrutaba de tu compañía
y me mirabas por encima del hombro, sonriendo a medias
mientras yo incluia creencias en mi repertorio
y me arriesgaba con las tenacillas.
Después viniste y me besaste como al principio
aspirando los labios fuertemente y a mi me gustaba
pensaba: tengo suerte, y aún en una iglesia
podría atemperarme y ser firme con este hombre.
(Y mientras tanto un dedo caía al suelo)
pero al ser santa ya no sangraba, sólo
tenía ganas de besarte más
y pensaba: ¿para qué me habré hecho santa
ahora que esto parece el paraíso?
Bueno era un sueño. Tú te echabas las manos a la cabeza
y destrozabas el libro y al cura ya no parecías
caerle tan simpático.















Siempre dejo ventaja, es una máxima.
Cuando veas que no hay motor, arranca.

Con el descuido que le es propio a la desesperanza
caminé avasallante por el mes de enero
acosé, no di crédito, he sido inconveniente y poco gradual.
El inomitible se lanzó por el balcón, tuve conjuntivitis
ardió de nuevo mi cabello y no fui en absoluto
astuta o presenté indiferencia.
Sólo quise decir, aquí está el diluvio
y ustedes, tan veraniegos y asombrosos
tan cosmopolitas y frenópatas
van a morir, van a morir, van a morir.

Cómo un pez fuera del agua, luchando por la vida
Así respiro y así me muevo, así es como sangro con este anzuelo
clavado aquí.
Es así como voy, boqueando y saltando sobre la misma roca
que parece asfalto.
Se burla de mi el pescador y la oscuridad del invierno
Es así y en realidad y bajo los efectos de sedantes
hachís, plenilunios, dolor sordo y a las nueve de la noche
en esta plaza hostil donde el viento es tan helado como
la propia
muerte.

Se trata de la religiosa forma de
introducir
viento entre los cuerpos.

La acogida fue valiente, alborotada, fantástica..
escandalizaría a cualquiera.
Yo no me sentí abrumada, ni disminuyó mi ligereza
ante tu fe.
Mi cuerpo parecía un recipiente donde colocar tu yo.
Una cavidad, un sitio real,
te acogí con sinceridad, con miedo y cierta abstracción.
después con manías, inacción e inquebrantable seguridad
debiste sentir por mi culpa que yo no era más que un proyecto asi que
decidiste en tu grandeza que mejor
Ningún compromiso,
y entonces todo parece interesado
un catálogo de cómo insertar terror con veneno silencioso
cómo urdir un maquillaje y cómo hundir el talento
de una joven mujer
a base de
intrusión aleatoria, fisgoneo y sucias maniobras.

Engrosamos la lista de los que se dirigen a nunca.
De los que se excusan destilando aburrimiento
de los que aseguran guerra para el futuro
y se excitan con vulgaridades y cabalgan
sudando y quietos, con la piel vitrificada.
Engrosamos la lista de los que transitan hacia nada,
siguiendo el rastro de un olor,
como un cazador de buena conducta.
Qué corriente en realidad lo que nos pasa, nos jactamos
de
tenerlo todo hecho y un buen día
una negativa, un desmayo, y poesía
poesía para decirte:
¡Nunca!

No, ahora en serio. Me voy a poner zorra.
Me eres muy útil.
Aunque perezoso y lleno de manifiestos oscuros
y de impedimentos que no llegan a serlo,
a veces seco, a veces espeso, otras muchas breve
y como improvisado.
Me eres muy útil.
Yo practico, escribo con mis licencias y
qué alborozo!
cuando reitero una y otra vez
¡me voy a poner zorra!
Consolidaré lo que ya estaba escrito.
Fortificaré mi casa, disminuiré la redondez
hasta puede que resucites.
Recapacites.
Y llores.

Con todo este trasiego no alcanzaste a ver el sol.
Parecía ficción tu risa, y el modo de modular, casi lamentándote
mientras yo
te pedía vajillas de porcelana, edredones de plumas
cigarrillos de marca y te decía
cuando escucho la palabra atar oigo tu nombre
cuando escucho astillero oigo tu nombre
cuando agresión, oigo tu nombre
y chupar, y surtidor, y oficinista.

Tú entonces te ponías púdico, y yo todavía más Luzbel.

Éramos felices, discordantes e insólitos,
sabías perdonar mis anomalías y yo
agradecía infinitamente tu robustez y clarividencia
y el modo que tenías de engañarme haciendo
que todo pareciera brillante y nuevo,
que luciera como el cabello
de un dandy.
Como si por fin el cielo
fuera a bendecirnos
con su abundancia.

La fuerza primera es el sexo.
Calientes, todos juntos, no sudamos porque no hace calor, pero el ambiente está cargado es denso como aceite. Puede olerse en el aire, puede conseguirse. Tú lo sabes, yo lo sé.
Soy fuerte, implacable, no tengo corazón. Toda esta gente pasa por mi vida, directamente hacia la nada. Y soy capaz, soy valiente, decidida. Puedo amar con fuerza, derrumbar muros, escalar montañas, remontar rios, saltar desde muy alto.
¿Lo merecerías tú?
Jugosa, en los ojos la quietud de un cambio imperceptible. En las manos la carencia de deseo, y en la piel el corte con el papel, la mancha de tinta, la esperanza que se da placer con cualquiera.
Somos la sangre del cordero, la viciosa nada que aspira mundo, la escalera perfecta que bajar cuando empleamos la mentira, el aburrimiento ocioso tras esperar milagros durante horas.
No hay más que eso, y yo estoy en el centro.
Expandiré mi ego por todo el universo.
Y no es vanidad, es sencillamente hastío. Y por alejarme de unos, me acercaré a otros.
De eso se trata.
Nunca restar. Nunca.

Sequedad ocular. Los ojos se secan quieren llorar pero no saben. Dentro del tupperware. Cómoda y relajada. Tanto como un muerto, cómoda, relajada, muerta, tiesa, rígida. Asqueada. Miro a toda esa gente absurda, al hombre gordo que engulle bocadillos como un cerdo. Racista, xenófobo, machista, estúpido, cabrón, putero, cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo cerdo. Tetas culos coños meter seamos sucios seamos imbéciles, compremos un coche una casa engañemos al otro, llenémonos la boca de mierda, de mentira y de pobredumbre. Conduzcamos el vehículo entre las calles con la sabiduria del imbécil, del atrapado, del estúpido. ¿Sabes? Cuando una persona se marea se pone amarilla, entorna los ojos y tiene miedo, el mundo se vuelve de pronto tenue y extraño. El mareado ha de toser y suele reaccionar oliendo un poco de alcohol. No somos más que carne que ha de morir. Qué tristes antojos del universo, pedazos de algo absurdo, tan profundamente ineptos, tan profunda e inexorablemente capullos, destrozándolo todo con nuestra falta de pureza. Y tú, tú eres tan hermoso, me gustaría pensar que eres tan limpio como una mañana fría y húmeda. Pero qué carencias nos atenazan y nos hacer ser malévolos y mentirosos, qué hay que pueda hacer para mantener la calma, si me amenaza el riesgo de perderlo todo como una pistola incrustada en mi nuca, a punto de disparar, de cerrar capítulo.
Dentro del jodido tupperware. Quisiera de verdad estar dentro hasta sanar, si se pudiera sanar aislada del mundo. De las emociones que me destruyen en conjunción cono otros seres humanos, del propio abismo existencial que tomé por bandera hace ya cientos de años y que ha terminado por joderme la vida. Este modo de hacer dostoievsquiano y capullo, de verlo todo como una maraña de tristeza y orgullo, de mierda in crescendo hasta la extenuación. Y el miedo, que podría decirles del miedo, que mezclado con el orgullo hace ese coctel que más me valdría que fuera molotov. Me alejaría en una nave espacial y saldría del mundo y me quedaría flotando para siempre viéndolo de lejos, riéndome de sus explosiones, sus vicios, sus lios y de la puta humanidad siempre sangrante, siempre expectante, siempre quieta muda sorda acabada, muerta en breve. Destruido todo. Pensadores, músicos, poetas, místicos, obreros y gordos sebosos capullos engreidos y fascistas. Todos muertos, acabados, en la misma mierda en la misma tierra bajo el mismo aire irrespirable. Todos enfermos, tódos caídos, nadie se salva. Colapso. Muerte. Autodestrucción. Bonita manera de hacer las cosas. Ingratos y tristes, qué descuidados somos con cosas como el amor, la belleza y la simpleza con la que habríamos de vivir, excomulgados y valientes.
Qué efímeros los pechos en su sitio y el corazón sano, qué estúpido es querer ser siempre otro. El mismo pero otro. Y no poder verse al espejo sin renunciar a uno mismo, tener que ser siempre lo que se espera, lo que se proyecta en una pantalla de televisión. Y lo peor, sabes, lo peor de todo es que a otros les guste. Que a otros les satisfaga que personas bonitas y sencillas hagan crecer sus tetas reducir sus muslos extender su cabello engordar sus labios. Que otros lo miren con satisfacción,
hay que ver qué facil es encontrar la piedra filosofal para un imbécil.
La belleza interior pasó de moda.
Se lo dice una fea por fuera y casi por dentro, de tanto agotamiento, de tanta tristeza,. Porque la mia es una tristeza un poco cansada de serlo, con tintes premenstruales, pero ancestral, nada innovadora. Tristeza que muta en algo salvaje, por la humanidad. Una tristeza apenas dulce por los chicos con gafitas e hipocondriacos a los que les sube la tensión porque se ponen nerviosos, seguramente casados y con hijos, pero con los que yo me casaría mil veces y me iría al fin del mundo o mejor que al fin, vayamos fuera.
Hay gente que tiene algo de luz.
A dios gracias.
Ja!

Enfrentar la propia fealdad ante el espejo, viendo en la mentira:
la pasión, el enredo, la novela,
el incomensurable vacío de unas fauces muertas que se hacen llamar
YO.
Enfrentar el pasado golpeando, grandes golpes, el presente solapado.
Enfrentar las ventanas cerradas, escuchar el corazón sano, palpitante
bello y oscuro, que retorna como
vicio casual
similar al de espiar mientras duerme, observar cada cabello
y el movimiento de las manos al pasar las páginas de El Danubio.
La orientación del humo que exhala al fumar, quemando en la imaginación
con más humo. Y desmenuzar todas esas
fotografías mentales, modificarlas para la masturbación
cuando se marcha y entre las sábanas gastadas y sucias
lloro y me taladro, transformando la rabia, la frustración, el empeño de ser algo
de ser
valiente, huesuda, cerda, francesa o sencillamente "ella"
(algo que nunca seré)
Husmear en la intimidad con contactos y videos porno y algún que otro
"te echo de menos" lanzado a finales de noviembre con la facilidad con la que
escupe
te quiero (oh eso debería estar prohibido en un poema)
Y yo todo el tiempo preguntándome, mientras estas cosas suceden y mueren
por qué sigue ahí, dándome lo que quiero en vasitos de plástico como si se tratara
de metadona y sus manos y su polla fueran un dispensario.
Y yo una imbécil, una imbécil que nunca debió salir
de su tupperware.

Desaparecería. Si con eso consiguiera ganar esta batalla y recuperar mi nombre y mi franqueza. Alzarme ante el aire irrespirable y la decadencia del cuerpo. Desaparecería, opción con la que salir airosa de una situación que me supera. Tal vez, si fuera distinta, ¿verdad? Si no fuera yo, si fuese otra, entonces me querrías y yo, me querría y nada, nada, sería igual. Siempre sería mejor.
Por un segundo comprender lo que hierve de esta trágica forma dentro de mi: las ganas de correr, de desvanecerme, de acabar con todo de un modo que parezca valiente, de encerrarme y no salir ya nunca, nunca, nunca.
Ni soy tan transparente como quiero hacer creer, ni soy nada de lo que quiero hacer creer.
Quiero vivir en el campo, leer a la sombra, tener hijos y mirar todos los días a mi lado y sentirme bien. Segura.
Segura.
Eso es todo.

¿Sabiendo ya de la imposibilidad de algunas cosas, por qué nos empeñamos en creer que en algún momento habrá un cambio que las hará posibles, que las hará, ya no posibles si no un hecho? ¿Si algo no sale bien por qué existe la tendencia de mirar hacia otro lado y hacer como que todo está correcto en nuestro interior y en relación al exterior? ¿Por carencias afectivas? ¿Motivaciones sexuales? ¿Sensación de poder sobre el otro? ¿Por qué engañamos a los demás? ¿Llevados tal vez por un impulso oscuro creyendo que de este modo podremos mantener el autoengaño por más tiempo?
¿Acaso una excusa para el engaño es no hacer daño al otro? ¿Es legítima la ocultación y el disimulo cuando estos se practican por piedad?

Safrika dentro del tupperware otra vez.

"En la vida real, los malditos son inaguantables"

A eso me refería exactamente con aquel texto que escribí sobre la manera que tienen las demás personas de acercase a un poeta. Un poeta considerado "salvaje" por usar esta acepción que me agrada bastante y que creo define bien lo que hacemos unos cuantos. Escribir así, de un modo casi animal, visceral ¿podría decir auténtico? Lanzando al aire el propio estilo, la propia forma.

Los malditos son inaguantables en la vida real. Vista desde fuera, desde el punto de vista del lector debo parecer una señorita la mar de elegante, siempre rodeada de cigarrillos y escritos, sexualmente activísima y de labios gruesos. Apasionada, valiente y original, algo terca. Pero nada más lejos de la realidad. ¿Por qué lo complicado atrae a todo el mundo con una atracción efímera y estúpida? Toda esa tortura que aparentemente atrae al lector del escritor, que le lleva a querer conocer, acercarse y comprender al que escribe se ve convertida en un lastre a la hora de relacionarse. Me ha sucedido varias veces. De pronto esa "tortura interior" tan interesante y atrayente se convierte en algo pesado y muchas veces inaguantable para el lector convertido en presunto amigo, amante, o cualquier otra cosa que se pueda ser. Y también para el escritor, que parece tener que mantener cierta imagen, de la cual acaba por cansarse y cuya consecuencia es la huida "por patas" de cualquier lector convertido por cosas de la vida en presunto amante, amigo o cualquier otra cosa que se pueda ser en relación a otro.

Trazos trozos mezclas infinitas posiciones para el amor
consiste en atisbar el mundo desde el cristal, ventana propicia
mandibula oxidada, ininteligibles frases, mezcladas con
pabellones auditivos que rechazan voces y fresnos y tardes
despacio en bicicleta como si uno caminara sobre hielo y quisiera
morderse el antebrazo con la furia que caracteriza a los
de espiritu torturado y tortuoso.
Hubo una vez, en un barco, con miedo a las medusas
pero de todos modos salté al mar, oscuro y tuve miedo porque
nunca resistí no ver el fondo de las cosas.
De todos modos salté y allí, durante minuto y medio estuve
tentando a la suerte como en el túnel tan largo
y en aquel atasco cuando no veía el azul del cielo y una angustia poderosa
se resumió en ansiedad y aciertos
(porque a veces lo que uno piensa en ese estado parece tener mucho más
sentido que cualquier otra cosa sobre la tierra que cualquier otra idea o pensamiento)
No importa, a veces es como si todo formara parte de un gran teatro y yo
fuese la protagonista venida a menos
una antigua actriz de bollywood pero pelirroja de bote y con
cientos y miles de entradas en la agenda de teléfonos
y con las manos rotas y con amigos suicidas y con
ese "intrinsecamente positiva"
y con los barcos y el azul del cielo
y la cara dormida y los ojos mirando a cualquier otro lugar
que no sea el centro mismo de la miseria humana. Del atroz teatro
cansado y voraz
que acaba por comernos por decirnos
ven ven ven
y uno quisiera saltar y fumar un cigarrillo en soledad
justo en la esquina del bar
donde nadie mira
donde nadie parece darse cuenta de que un alma
un alma
un alma
se muere y se retuerce de amor
incluso por aquello que parece odiar.

La chica del diente partido miró por la ventana y descubrió, como siempre a la misma hora, a la mujer que tendía la ropa en el balcón de enfrente. Todos los miércoles, toallas. Todos los martes, sábanas. Todos los lunes, bragas y calcetines, pantys y camisetas interiores. Los jueves nunca salía al balcón y e limitaba a sentarse con un libro entre las manos, en una silla de mimbre justo detrás de la puerta corredera, y a observar el cielo que podía estar nublado, plomizo o suavemente luminoso. Nunca parecía leer, sencillamente se sentaba allí, y sostenía el libro cerrado, uno de tapas azules el primer jueves del mes. Otro de tapas rojas el segundo. El tercer jueves las tapas eran de un color violeta intenso, y volvía con otro de tapa azul pero un poco más grande el último jueves del mes.
En su balcón seguía colgado el cartel de se vende, que oscilaba con el viento desde hacía casi un año. Con letras enormes y fosforescentes.
La chica del diente partido pensaba que la mujer del balcón soñaba con los pájaros. Pájaros enormes que surcaron una vez el cielo, coloridos y hermosos. Soñaba que llegaban hasta su balcón y se posaban en la barandilla, que cantaban melodías armoniosas mientras ella sonreía maravillada desde su sillón de mimbre, complacida.
La chica del diente partido pensaba que el sueño de la mujer del balcón de enfrente se convertía en pesadilla cuando otra vez y como recordatorio a aquel día horrible, los pájaros comenzaban a cagarse sobre su ropa limpia. Y la mujer rompía entonces a llorar, tiraba el libro a un lado. Se aplastaba el cabello con las manos y recogía rápidamente la ropa húmeda, espantando a los pájaros, convencida de que los ahuyentaba para siempre. Después, descansaba en silencio, viendo girar la lavadora, esperando para volver a colgar la ropa en aquellos hilos famélicos y oxidados.

Aquel día de hacía más de un año, el día de los pájaros, la chica del diente partido aspiró el humo de su cigarrillo, que colgaba innecesario en la comisura de su boca. No necesitó las manos para dar la calada, sólo aspiró. Y el cigarrillo se levantó un poco, la punta encendida, naranja. En la penumbra. Los brazos colgaban a los lados de su cuerpo. Observó la escena y abrió la boca. El cigarrillo quedó pegado a su labio inferior para después caer al suelo. Y ella se agachó deprisa a recogerlo, sin quitar apenas la mirada de la mujer que lloraba y recogía su ropa, y de todos aquellos pájaros tropicales que cantaban y ahora graznaban y aleteaban soltando aquí y allí sus plumas y sus cagadas, casi a punto ya de alejarse y perderse para siempre.

El cartel de se vende apareció en el balcón una semana después, y ahora estaba gastado y viejo, harto de soportar el sol barato del verano y la lluvia incesante de aquel invierno.

La chica del diente partido se aseguró de insonorizar su vida durante aquellos meses. El sufrimiento era intenso, y las caladas a los cigarrillos se sucedían como respiración. Tuvo náuseas pero aguantó el vómito en su corazón, lo aguantó y se limitó a observar el mundo que parecía de pronto marchito y agonizante. Tuvo miedo pero aguantó y sólo se permitió el pánico por las noches, justo cuando llegaba el sueño y la parálisis. Las imágenes se convertían entonces en predicciones de un futuro negro en el que un niño le lanzaba su balón a la cara, con fuerza, recriminándole que nunca llegaba a tiempo a nada. Rompiendo su esquema, quebrando aún más su alma.

Comprendió que no iba a deshacerse de la ansiedad facilmente y que iba a necesitar algo más que tiempo. Y se dedicó a leer y a mirar por la ventana, a escudriñar los detalles de todas las fotografías mentales que guardaba del amor que se le escapó de entre los dedos como un diente de león rebelde al que nunca se llega a besar y pedir un deseo.

Acumuló pastillas y mejunjes en los cajones de su mesilla de noche para sobrevivir, y prefirió tomarse la temperatura y medir su presión arteriar a compartir la cama con extraños.
Y prefirió espiar a su vecina, sentarse a mirarla a través del cristal de la ventana. Lo prefirió a salir.

La mujer del balcón de enfrente continuaba con su colada cíclica. No importaba la lluvia, pues aunque esta fuera intensa, ella no dejaba de tender su ropa, con ese sistema de clasificación. Los viernes, manteles y servilletas. Los sábados, cortinas.

Pero los domingos eran distintos. Los domingos era ella quien se lavaba. Y seguía un ritual parecido a un exorcismo, del que la chica del diente partido sólo conocía el final, cuando la mujer salía con el albornoz, se colocaba cerca de la puerta corredera del balcón y se desenredaba el cabello con la cabeza boca abajo, con música de Richard Hawley que podía escucharse a la perfección en el resto de las casas y sobretodo en la calle. Después se ponía de pie y con una rápida sacudida echaba la melena hacia atrás, dejaba el peine sobre el sofá y agitaba el pelo apelmazado con las manos. Desaparecía otra vez durante largo rato, y la chica del diente partido podía presenciar su regreso con el albornoz empapado entre las manos, pesado a causa del agua que había absorbido durante el lavado, y ver como la mujer lo tendía con muchas pinzas de madera de uno de esos hilos, que se curvaba con el peso como si colgara de él un hombre invisible, vestido con lo primero que pudo encontrar en una casa ajena. Con ese pudor estúpido de los invisibles.

Trás el segundo ataque de los pájaros cagadores, un año después, la mujer de enfrente desapareció. La chica del diente partido sabía que seguía allí porque veía las luces apagarse y encenderse a determinadas horas, y podía escuchar la música. Pero no se imaginaba el resto.
Pensó que la mujer estaría nerviosa, que cambiaría de canal apretando el botón del mando a distancia con la uña, apretando fuertemente y sin conseguirlo, debido a la antiguedad del aparato y a sus botones desgastados y casi inservibles. Tal vez había comprado una secadora, porque ya nunca salía al balcón, ni siquiera lo abría, sólo de vez en cuando y durante unos minutos, pensaba la chica del diente partido que tal vez para airear la casa.

Bueno, fue entonces cuando ella decidió abrir la puerta, y salir.
Compró cigarrillos, se acomodó en la parte de atrás de un autobús de línea, sonrió y en el centro se dedicó a caminar primero con la cabeza gacha, esquivando a la gente, con maletines y bolsos enormes y cabello de peluquería y niños en el parvulario.
Se sentó en la fuente de Neptuno, miró al cielo.
Decidió salir, sí.

(...te vi llorar, y ¿qué podía hacer?...)

Quisiera recogerte.
Alcanzarte en el aire,
sumirte en un estado
de embriaguez jabonosa
Transportarte suave y ligero,
en las palmas de mis manos.
El aire sería helado pero no importaría,
sería ese frío limpio, glacial
Que da claridad y blancura.
pero
No soy quien, lo sabe dios.

(...Oh no love! youre not alone
Youre watching yourself but youre too unfair
You got your head all tangled up but if I could only
Make you care
Oh no love! youre not alone
No matter what or who youve been
No matter when or where youve seen
All the knives seem to lacerate your brain
Ive had my share, Ill help you with the pain
Youre not alone...)





No podría escribir ni una sola línea
Que no hablara de ti, de ciertas expresiones que utilizabas
Cuando estabas a buenas.
No puedo escribir, de hecho, ni una sola línea
Porque no quiero hablar de ti.
No quiero mirar a mi madre a los ojos porque temo caer en cierto abismo rosado,
No he llorado más de diez lágrimas seguidas.
No he querido llorar más de tres.
No sé si consigo apartar lo que me hiere de manera eficaz
O por el contrario estoy escondiéndolo apresuradamente para darle tiempo
A hacerme daño.
No sé quien soy, ni si he venido aquí para algo.
Afronto esto con entereza y cierta sabiduría, ya saben
(la vida es así, nunca se sabe lo que puede pasar, se veía venir)
Afronto esto pesadamente, con los párpados cansados
Con la indolencia de los salvajes, de los que han perdido la orientación
De los que pujan por adherirse a otro rumbo, fracasando estrepitosamente.
El muchacho de los ojos sinceros me mira y me sonríe
Acaricia mi cara dice cosas hermosas me comprende porque tiene un lado igual
Nos miramos el uno al otro como en un espejo, desde el primer día.
No podría escribir una sola línea decente que no hablara de ti, qué fuiste
Cuándo, cómo, por qué.
Pero no quiero, no quiero escribir nada. Y tampoco hablar.
Sencillamente me gustaría desvanecerme y continuar mañana como si
Nada hubiera pasado. Manteniendo esto a raya
Como una profesional del medio trágico.
Todavía no puedo escribir esa frase que diría lo que él hizo
Así crudamente aunque la tengo ahí en las puntas de los dedos.
No puedo escribir poemas porque los poemas dirían la verdad me limito a soltar
Estas frases inconexas que pretenden desembarazarme de algo.
Estas cosas pasan a mi alrededor, se relacionan conmigo.
Nada es lo que parece, a los demás nunca les parece nada.
¿acaso creen ustedes que disfruto de escribir basura?
Estoy harta de volcarme, de volcarme, de volcarme.
No quiero escribir más mierda de poesía
La poesía es para mi como un refugio maligno donde guardar
Las pequeñas venas en las que engorda el veneno
El miedo.
¿Podemos estar bien?
Escribo por no morirme, a veces es algo, no sé
Como lanzar al vacío piedras pequeñas.
Como esquivar el pelotazo casualmente.
Como esquilar a una oveja y quemar la lana.
Saltar hacia un interrogante sin saber cual es la pregunta.
Lenguaje de signos.
Intento no pensar en ese momento preciso.
En que decidiste hacer eso.
Que no voy a nombrar.

Cuando un perro y un gato se encuentran casualmente en una calle
(adoquines húmedos)
se perfila el momento exacto a paralizar para el poema.
Sentados en una cafetería, en la mesa del fondo
¿No hablamos acaso porque hay tanto que decir?
Y entonces, cuando
los ojos se caen en tristeza absurda.
Es como un legado musical que entretuvo y murió.
(Uno no sabe que hacer con esas partituras viejas y pasadas de moda)
Debería paralizarse todo en el preciso instante en que
desaparece la verdad
(¿o acaso se paraliza porque aparece?)
y comienzan a crecer, como de semillas terroríficas
los brotes trágicos
de los callejones en los que nunca nos perdimos
del poco tiempo que hubo para descansar en el hombro del otro
después de una dura jornada de trabajo intelectual.
Dices: escribe, escribe sobre esos perros
y justo es eso de lo que nunca quise escribir, tal vez
del insípido momento en que el gato mira hacia otro lado y el perro
decide volver donde le corresponde.
¿Puede alcanzarse la luz desde la oscuridad con más facilidad?
¿Somos imbéciles supinos?
Oh! Si ahora ya sé que nunca
vendrás a buscarme.
¿Qué me importa todo lo demás?

Estaba leyendo a Raymond Carver
(Bajo una luz marina, de Visor)
el librito de poemas que me prestaste ayer.
Hay uno que termina con un verso que dice
"y las cosas volvieron a ser como eran antes"
bueno, yo no quiero eso.
¿podemos dejar nuestro pequeño mundo
sin electricidad?

Help

Help.
Voy a hacer el camino inverso.
Llegaré a todas partes.
Es para eso para lo que valgo.
Nada de sexo, nada de política
ni siquiera sé drogarme con convicción.
Hasta he dejado de comer con avaricia
o de enfermar con fiebre.
Sencillamente me instalo en un lugar del mundo
lo observo, creo por momentos que formo parte de él
y después
describo.
Comprendiendo en mi burbuja atronadora
llena de gente, o de sonidos, o de implacables manos inexpertas:
Siempre voy a estar sola.
(lloraría hasta la náusea)
(déjame así)
(¿por qué no puedo ser dulce, breve, magnífica, sagaz
oportuna, bella y extrañamente cautivadora?)
Déjame ya!
Déjame!

Ahora que de pronto te quiero, te has vuelto insondable.
Y el paraíso tiene el nombre de alguna cerda
y el corazón se paraliza allí donde habría de salvarse.
Así que, ahí andamos.
Creyendo que más vale tarde que nunca pero creeme
nunca
es mucho
mejor
que tarde
si "la cosa" va "de esto"
(lenguaje de signos)

A veces lo más terrible está escondido en las cosas más pequeñas
los detalles más absurdos, los silencios que parecen no ser tensos.
A veces lo incomensurable parece encontrar un baremo para medirse
y uno cree que puede mirar hacia atrás sin ser tiroteado.
Digamos que cuando el aire se espesa dentro del autobús
no es más que una señal de la propia espesura, de la maleza que escondida
nos amenaza
desde el centro mismo.

Cómase usted a su marido.
Provoque el colapso en su propio hogar abrillantado.
Desahogue la rabia de siglos que ha ido guardando
contra su padre contra la santa madre iglesia
contra la frialdad de los ojos de un enfermo poderoso, altivo.
Arrincone a su enemigo,
tráguese a sus hijos
protéjalos de tan horrible burla, esta que hace el mundo
esta que no se atreve usted a cotejar
por miedo a mirarla a la cara.
Porque la verdad es un hueso duro de roer
una avalancha de acero sobre el propio cuerpo
que lacera la carne y vuelve invierno la sangre
que uno quisiera correr y arrancarse del mundo
y creer que nunca ha venido, que siempre estuvo en otra parte
o eso o
enfrentarse.
Tragar. Comer. Deshacer. Colapsar.
O enfrentarse.
Hágalo.

La señorita más bonita de la ciudad ha decidido hacerse la cirugía plástica cansada como está de que todo el mundo la trate de tonta sólo por su belleza.
Nosotras pensábamos que desde luego hay que se tonta. Pero tanto que hasta llega a darle la vuelta a toda la tontería posible existente concentrada en una persona. Tanto que hasta parecen tener sentido la sarta de imbecilidades que suelta por esa boquita jugosa y de labios perfectos.
Nosotras queríamos comérnosla, pero ella se resistió justo cuando le clavé el tenedor en el muslo. Y aún hoy, nos mira a veces con recelo, esperando a que saltemos sobre ella como dos hienas hambrientas.
No nos importa.

Hagamos una cosa:
Tú dispara.
Justo cuando yo mire hacia otro lado.

Racionalizando el esquema en espiral de conciencia.
Cómase usted su miedo. Desintegre las heridas superficiales
y comprenda que no ha venido aquí para esto.
Debe completar la misión, repeler al enemigo
comerse su miedo, sí.
Sugar Blues de Nina Hagen de fondo, la ventanas parecen gritar.
La selva se vuelve enferma de hambre
(A veces parece que la muy puta de la Hagen esté poseida.)
Carriles de aceleración, vomite usted el riesgo.
Cierre la puerta de atrás, escupa a su vecino.
Comprenda que ha usted de mantener la paz en su terreno
en
su
terreno.

Fue hace tiempo. Al principio ella no sabía si aquello estaba pasando de verdad. Se obligó a mirar a la chica accidentada, que desvanecida sobre su propia sangre, parecía dormir placidamente y sentirse por fin en paz. Se había golpeado la cabeza contra un poste de la luz, uno de esos de hormigón, que tienen como escaleritas por las que subir. Había sido con una motocicleta, y había sido rápido. Claro.
Ahora yacía en el suelo y no había nada que la chica del diente partido pudiera hacer. Sólo quedarse sin dormir, esperar a que viniera una ambulancia, esperar noticias que llegarían tarde, ya entrada la mañana. La chica accidentada se iba a recuperar, esto lo supo justo en el momento en que empezaba a repetir moviéndose hacia delante y hacía atrás, rítmicamente: "Mónica, no te mueras. No te mueras"
El chico amarillo había muerto un año antes. Todavía recordaba ella aquel color en el blanco de sus ojos que ya no fue blanco nunca más. Y una venda florida surcando su tripa. Había escrito mucho sobre eso. Sobre la brevedad de todo, la fugacidad de todo, la necesidad de vivir el momento y no pensar nunca más en el futuro. El rostro del padre del chico amarillo, el cambio que se operaba en sus ojos cuando entraba en la habitación de su hijo y hacía como que no pasaba nada, como si todo fuera a solucionarse, como si fuéramos a despertarnos todos de un mal sueño.
Ella había arrancado cuatro páginas del libro que estaba leyendo durante la noche anterior. No recordaba cómo, ni cuando. Sólo sabía que al despertar una de las hojas se había quedado pegada a su mejilla. Y no quiso mirar qué ponía en ella porque a veces es mejor o saber nada ni creer en mensajes que vienen por azar a iluminarnos.
El chico amarillo se murió porque dios era un hijo de puta. Porque dios tenía garras y fauces como un lobo voraz y asesino. Porque dios era caprichoso y estúpido. Ella se preguntaba por qué no podía hacerse pasar por él. Si al final hacían lo mismo. Nada, nada, nada.
Dios era un cabrón.
El chico amarillo se murió pocos días después de la visita en la que ella le vio comer un helado de esos de Pantera Rosa, y lo hizo con ganas. La chica del diente partido había escrito también mucho sobre eso. Al menos lo hacía una vez al año. El recuerdo del chico amarillo devorando algo fresco, el contraste entre su rostro y el rosa fucsia de un helado que iba desapareciendo en su boca. Esa fue la última vez que la chica del diente partido lo vio. Y guardaba este recuerdo como algo precioso, porque la avidez es característica solo de los vivos. Y él estaba vivo. Y comía. Y su sonrisa parecía tan blanca.
Después, el ataúd también sería blanco.
Y unas puertas se abrieron, y se lo tragaron. Y entonces todo el mundo lloró más y más. Se escucharon gritos y alaridos desconsolados. Y la chica del diente partido pensaba que el cuerpo es tan importante. Por que si no hay cuerpo qué hay. No hay nada. Y ahora el cuerpo del chico amarillo era ceniza. Y la ceniza no es nada.

El viento golpeó su cara al salir de la fiesta de fin año.
Había estado pensando qué hacer, con quien, cómo. Sólo sabía el cuando.
Pensó que aquella fiesta era la segunda mejor opción, y allá fue, cargando en la mochila ropa de zorra y sombra de ojso. Ahora salía de allí, despacio. Después de chupársela a un tipo guapo de casi dos metros, director de cine y que le prometió un papel en su próxima película. Todavía notaba el sabor en la boca. Después quiso follársela pero ella se negó aludiendo otros compromisos, diciendo que debía marcharse ya. Salió a fumar a la calle, necesitaba aire fresco. Echaba de menos al chico filósofo, pero todo se había muerto poco a poco, como una enredadera que amarillea en la punta de una hoja, y luego continua haciéndolo hasta no ser más que algo feo y muerto.

Quería comprender la verdad. El por qué de su autodestrucción. El por qué de la muerte, de la matanza. De su corazón mutilado y gris. Sólo era una chica con el diente partido, con kilos de más, con la ignorancia extrema del ser humano y su conciencia. Sólo quería decir a la mierda con todo, volverse y agitar el pelo, correr y salvarse. Dirigirse hacia unos brazos como en una corriente, sabiendo que jamás se movería. Que sus pies se quedarían pegados al asfalto, por miedo, por desidia, por su propia naturaleza de columna griega.
Quería follar. Quería joderlo todo, destrozar lo poco que quedaba.
Recordó al chico amarillo y muerto. Vio a la chica accidentada recuperarse poco a poco y no volver a ser nunca la misma. Recordó como ignoró la muerte de su abuelo porque se la comunicaron mientras dormía, y cómo mucha más gente había ido cayendo fortuitamente, como en una broma. Un accidente de coche al ir a poner un CD y quitar la vista un segundo de la carretera. Un resbalón con la moto, de camino a Jerez, arrastrando la cabeza por el asfalto hasta romperse el cuello. El que se perdió en la montaña, y se murió de frio con la pierna rota esperando a un amigo que había ido a pedir ayuda pero se perdió, y también murió. Un cáncer de ovarios a los 32, sabiendo que vas a morir y sin querer saber cuánto tiempo te queda. Sobredosis. Miedo.
Hay gente que muere de miedo.
La chica del diente partido no quería morir. Quería tener un hijo y salir a pasear un domingo temprano sin sentirse mal. No quería sentirse culpable. Quería volver con a aquellas tardes con el chico de los ojos azules, volver a su seguridad supina, a sus brazos expertos, al hambre con que este devoraba su coño y la hacía sentir princesa.
Quería volver a su calor gélido, a la ambivalencia de sus palabras cuando la retaba en una lucha de poder salvaje, en la que los dos rugían, y se amaban, y calculaban el grado de dolor que podrían infringirle al otro para suponer el grado de satisfacción que habrían de obtener a cambio, sin obtener nada en realidad.
Quería follar. Quería liberarse y saltar. Hacer cosas que nunca había hecho.
Fornicar sin parar hasta el 2008. No echar de menos nada.
Volver a nacer.
Dos luces se acercaban deprisa por la calle.
Y entonces saltó, pisando un charco.

Palabras que no nos gustan.

Dicotomía. Realidad. Arritmia. Procesar. Ajenjo. Raquítica. Enclenque. Bótox. Enjundia. Idiosincrasia. Hiperventilar. Colación. Miedo, ansiedad, lexatín, bajón, sola, gorda, siempre, otra. Madrastra, hijastro, mujerzuela, epíteto, bofe, cachicamo, sarro. Reglosa. Hermenéutica, Diacrónico y sincrónico, epocal, epistémico/ca. Padre, Madre, Pescado. Instruir, pollito, anémona, libertinaje, zozobra. Pretension, desproposito,recelo, celos, posesión, cargo, despedidga, grande, dependencia, soledad, menosprecio, descompás, murmullo, barullo, .....ismo. Referente. Hagiografía. Solidario. Válido. Implementar. Proyecto. Orgánico. Felicidad. Zote. Crematístico. Cuchipanda. desilusion, desamor, rutina, hipocresia, maltrato, ansiedad, depresion, vacio, muchedumbre, hambre,























Dime tus palabras odiadas pinchando aquí, voy añadiendo las que me enviais.































































































































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